miércoles 11 de noviembre de 2009

El hundimiento



Comentábamos hace un tiempo los mil años que algunos auguraban, amparados en las masas exaltadas, a su particular reino de la belleza. Pero haciendo bueno el dicho “Segundas partes nunca fueron buenas”, esta vez ni siquiera ha habido, para ellos, lugar a la esperanza. Los temores sólo nos inquietaron un poco –a quienes siempre nos opondremos a destinos manejados por seres superiores- mientras se preparaba la contienda. Que ésta empezase y que el tinglado se viniese abajo fue todo uno. Comprobamos que, una vez más, los proyectos faraónicos probablemente se quedarán sólo en eso: en mero proyecto, una maqueta soñada por la mente de un tipo grandilocuente. Sobre el papel, una superproducción, como la definió el líder que volvió para hacer temblar Europa (o eso decía). En la práctica, una comedieta cursi que ni Gómez Pereira.

La imposibilidad del gran arte prometido está llevando a los expertos al desconcierto. “¿Cómo es posible?”, se preguntan quienes apenas pueden disimular su tremenda decepción:

JRdlM: Es que entre un pintor que gana doce millones de euros y un pintor que gana doce mil sí se ve esa diferencia: es que mira esta exposición, mira el arte… incluso en un músico. Pero es que en un futbolista, no.

SC: Bueno, pero yo creo que va un poco de quién puede pagar ese cuadro; si ese cuadro se pueden pagar por él doce millones de euros, pues entonces lo vale.

JRdlM: No, no es que lo valga; una cosa es que se pueda pagar y otra cosa es que lo valga. O sea… lo vale o no lo vale: pero en esto no. Ves el Madrid de esta noche y ves el Alcorcón, y jorobar…

(Lecciones magistrales sobre estética impartidas mano a mano por José Ramón de la Morena (JRdlM) y Santiago Cañizares (SC), anoche en El Larguero).

lunes 9 de noviembre de 2009

Veinte años no es nada

Keith Haring pintando sobre el Muro de Berlín, sólo tres años
antes de que desapareciese (su mural todavía se conserva).

viernes 6 de noviembre de 2009

1915/1968/2001


La verdad es que Kubrick me gusta bastante, por eso me siento realmente incómodo cuando compruebo que sus admiradores son invariablemente gente infantil y aburrida. Con frecuencia tienden a la paranoia conspirativa, y muchos sufren una sexualidad -vamos a decirlo así- problemática. Vamos, unos frikis a quienes es mejor no llevar la contraria (por no hablar de los kubrickianos que se dedican al cine). Como todavía no he encontrado la excepción a la norma, tal vez debería empezar a preocuparme: ¿seré uno de ellos?

Hago todo lo posible para no acabar de copas con un fan de Kubrick. No es sólo que ellos no me resulten interesantes: es que tampoco me lo parecen la clase de cosas que tratan de explicar en sus panegíricos, tan sobados, los cuales incluyen un montón de veces palabras como "genio", "visionario", "superdotado" o "perfección", para terminar en un calculado elogio de Amenábar. Es molesto que tus gustos coincidan con los de estos sujetos; uno querría enfrentarse a ellos. Pero la idea de discrepar con personas para las que “visionario” y “perfección” forman parte de su vocabulario de cabecera tampoco promete nada bueno. Sinceramente, prefiero pasar la noche con los fans de Anthony Mann o John Huston, que siempre resultan ser tipos simpáticos, buenos bebedores y del Atleti. O con los que idolatran a Haneke o a los hermanos Dardenne, con quienes acabarás discutiendo sobre política, algo particularmente divertido en Madrid. Incluso con los seguidores de Sofia Coppola o Wong Kar-wai uno se asegura como mínimo ir a unos bares estupendos; y además habrá drogas.

Por supuesto, trato de que con ninguno de ellos Kubrick se convierta en tema de conversación, más que nada para no tener que aguantar unas cuantas verdades sobre las películas frígidas, grandilocuentes y sin el menor atisbo de sentido del humor que el genio superdotado y visionario ejecutaba a la perfección. El caso es que al final -bien por vergüenza bien por temor- nunca hablo sobre Kubrick con nadie, y eso, unido al hecho de que sus películas nunca han dejado de gustarme –me encantan, lo confieso-, hace que mi contrariedad siga ahí: ¿seré un friki? Y lo que es más grave: ¿habré ampliado el alcance del tan traído y llevado autoodio gallego a mi condición de friki kubrickiano?

De vez en cuando leo algunas cosas que me tranquilizan, reflexiones interesantes y originales a las que el trabajo de Kubrick da lugar, como éste párrafo sobre 2001:

"Entre otras cosas, la película encierra perfectamente el arco completo de la historia de la música del siglo XX. Comienza con Also sprach Zarathustra de Strauss, la música de la majestuosidad original de la naturaleza. En la sección final, la película se subsume en el universo alternativo de Ligeti, describiendo espirales por los límites externos de expresión antes de regresar al punto de partida. Cuando los augustos acordes de Zarathustra vuelven a sonar al final, el ciclo está listo para empezar de nuevo."

Alex Ross, El ruido eterno, Seix Barral, 2009, p. 577

Al leerlo pensé que 2001 es también un recorrido por el arte del siglo XX. La histeria desatada en el "amanecer del hombre" entre la pandilla de australopitecos por la aparición de un enigmático monolito recuerda bastante a lo que todavía hoy sucede cuando determinados Homo sapiens se plantan delante del cuadrado negro que Malevich pintó allá por 1915: protestas airadas ante lo que no se entiende. ¿Cómo algo así de sencillo va a significar tanto? -piensan un poco los monos de ayer y de hoy. El impacto es del mismo tipo que el que debieron de causar el urinario de Duchamp y otros artefactos vanguardistas que obligaban a cambiar radicalmente el modo de pensar el arte, cosa que a la larga fueron consiguiendo.


También durante la película de Kubrick distintas generaciones van aprendiendo algo del monolito, aunque parece que olvidando el meollo del asunto, lo cual no deja de ser un correlato de eso que llamamos “institucionalización de la vanguardia”. El mercado y la tecnología se encargan siempre de domesticar el impulso vanguardista, hasta que alguien intenta liberarlo de nuevo y comprobamos que en realidad buena parte del público no había sido capaz de asumirlo de verdad; tan sólo en sus versiones más epidérmicas. Pero tarde o temprano alguien volverá a romper las reglas –parece querer decirnos el espectro de la vanguardia-, da igual que se llame Malevich, Schoenberg, Joyce o Welles. Es entonces cuando a los guardianes del marco normativo imperante no se les ocurre más reacción que darle al botón de OFF y volver al principio, aunque ello implique asesinar a HAL, un producto de la razón humana que ha cometido la osadía de ponerse a pensar por su cuenta.

El resultado de esta ceguera autopimpuesta es que el monolito sigue siendo impenetrable para muchos, y acceder a él exige un viaje hacia el conocimiento no exento de sacrificios. Dicho viaje -aprehender de algún modo la vanguardia- puede adquirir tintes warholianos, psicodélicos o Kitsch. Revela en todo caso que el arte es incapaz ya de escapar al monolítico influjo vanguardista, y como mucho todo lo que podrá es quedarse orbitando a una distancia prudencial, tratando de reelaborarlo, quizá consiguiendo acceder a alguno de sus secretos, tal vez como simple homenaje posmoderno, lo más probable es que, hoy en día, completamente en vano.


Al leer 2001 de este modo uno se da cuenta de qué lejos estamos ya del siglo XX, que empezó con una fe inquebrantable en el progreso (también en el progreso del arte), y sólo muy a final descreyó definitivamente de sus propias utopías. Mayo del 68 –el año en que Kubrick estrenó su odisea espacial- marca en esta deriva un paso definitivo, todavía hacia delante pero en modo alguno firme como antes –es decir, todo lo firme que una era jalonada de guerras mundiales, holocaustos varios y revoluciones frustradas podía permitirse-, sino un paso vacilante desde la decepción hacia lo imprevisible revelado de manera dantesca en septiembre de, precismente, 2001. “Que personas ensayen como locos durante diez años, totalmente fanáticos, para un solo concierto y luego morir… es la mayor obra de arte que existe en todo el cosmos”, declaró Stockhausen con los hierros de las Torres Gemelas todavía humeantes: no era más que un vanguardista expresando su nostalgia por un siglo en el que muchos artistas como él parecieron monolitos llegados de otro mundo, convencidos de que su obra debía albergar una visión total del mundo, un mensaje lo suficientemente nuevo y poderoso como para reducir a una escombrera el mensaje dejado por sus padres.

Ninguna de las películas de Kubrick parece, en principio, un alarde radical de vanguardismo. Sin embargo creo que su visión totalizadora representa como pocas aquel espíritu: el de un siglo definitivamente muerto, desgraciadamente para el arte, afortunadamente para nuestra supervivencia. En realidad creo que nadie quiere encontrarse a tipos como Kubrick o Stockhausen en los bares, por lo que pueda pasar. Yo huyo cuando percibo su olor a suficiencia cósmica y destino inexorable. Pero a continuación siempre pienso: ¿se trata sólo de sobrevivir?

lunes 2 de noviembre de 2009

Arte en la época del capitalismo no tan triunfante

La cabecera de ARTELLANDO, antes

Como parece que el verano no se quiere ir de una vez, seguiremos con las piscinas un poco más. La cita, además de especialmente aplicable a fenómenos como el de Damien Hirst, tiene mucha más chicha de lo que pudiera parecer en principio (como muchas de las cosas que escribió Ramírez).

domingo 20 de septiembre de 2009

Juan Antonio Ramírez In Memorian


El pasado 12 de septiembre murió Juan Antonio Ramírez. Era el mejor. Lo era cuando hacía historia, cuando hacía ensayo y cuando hacía crítica. Como muy pocos en el mundo del arte en España hacía justicia al verdadero significado de la palabra "escritor". No tuve la suerte de ser su alumno, aunque cada conferencia suya que pude escuchar fue para mí reveladora.

Ramírez es una de las personas que más me ha influido, y eso que nunca le conocí. Gracias a dos libros suyos, Corpus Solus y Edificios-cuerpo, empecé a hacer documentales. Una frase pronunciada por él en una charla en A Coruña todavía me ronda por la cabeza, alentándome continuamente en un proyecto que quizá algún día vea la luz. La frase era, literalmente: "No sé si esto es una tontería -se me acaba de ocurrir- pero tal vez el socialismo no hubiese sido posible sin la idea de obra de arte total de Wagner". Mucho antes, con apenas diez años, recuerdo haber pasado tardes enteras en la biblioteca municipal hojeando las fotografías de su libro La arquitectura en el cine, hipnotizado con el mundo de cartón-piedra de Hollywood. Posteriormente leí el libro, el cual además de hacerme entender por qué Los Angeles o Las Vegas fueron tan importantes en la posmodernidad arquitectónica, hizo que quisiera conocer el oficio de la dirección artística.

Me fascinaba que un mismo tipo se interesase por los decorados sobre los que bailaba Fred Astaire y por el Templo de Salomón, por la intelectualización de Marcel Duchamp y la locura de David Nebreda, por el aura y los cómics. Siempre me parecerá un ejemplo a seguir.

Aquí una de las últimas conferencias de Ramírez

miércoles 9 de septiembre de 2009

¿Flaubert lo habría entendido?

One and Three Chairs, Joseph Kosuth, 1965

"
Hay muchas cosas que me dejan frío cuando las veo o cuando otros me hablan de ellas, pero que me entusiasman, me irritan y me hieren si hablo o, sobre todo, si escribo acerca de ellas"

Julian Barnes, El loro de Flaubert, Anagrama, p. 208

Quienes dicen que al arte contemporáneo le sobra discurso harían bien en pensar, después de leer esto, si no se han precipitado un poco al creer que con todas las obras de arte uno tiene que abandonarse al síndrome de Stendhal.

viernes 17 de julio de 2009

Tradición en un mundo global… y despedida

Gaiteiro de Ortigueira, Francisco Leiro, 2007

Cuando al artista cambadés Paco Leiro le encargaron en Ortigueira un monumento al “gaiteiro galego” nadie sospechaba la polvareda que su escultura iba a levantar. Finalmente presentó una pieza digna de su mejor estilo, ni extraña ni mucho menos escandalosa. Pero en Ortigueira, sede de un histórico festival de música folk, su gaiteiro levantó ampollas, y más que el gaiteiro en sí, su gaita: en lugar del instrumento gallego por excelencia, Leiro -que muy posiblemente documentó su obra buscando imágenes por Internet desde su estudio en Nueva York- reprodujo una gaita escocesa de tres roncones. ¡Traición!, clamaron algunos, indignados.

Tamaña ofensa a la tradición patria no hacía sino materializar en bronce un conflicto conocido en Galicia como la “guerra de las gaitas”, y que surgió cuando a principios de los 90 algunos músicos empezaron a sustituir la gaita autóctona por otras más vistosas que seguían el modelo escocés. Tradicionalistas y evolucionistas, puristas y mestizos se volvieron a partir de entonces enemigos irreconciliables. Leiro, acusado de ser demasiado rompedor en algunos casos (como cuando erigió en Vigo la figura de un sireno que la gente de la calle juzgó un adefesio amorfo), pero también de representar lo más granado del arte comercial (aprovechando la ola figurativa que hizo su agosto durante los años 80), no sabía dónde meterse, aunque hubo quien acudió en su ayuda.

Otra vez el conflicto de siempre, aunque con variantes. Éste es el punto de partida de un documental que me tendrá ocupado durante un tiempo, esperemos que largo. La primera parada será en el Festival Intercéltico que todos los años se celebra en la localidad bretona de Lorient, y que en esta edición tendrá a Galicia como país invitado.

Por lo tanto este blog se retira, en pleno verano, a hibernar. Artellando termina, de momento, como empezó: planteando cuestiones sobre la tradición, la vanguardia y sus contradicciones (lo de menos es que se trate de artes plásticas, cine o música tradicional). Aquí os dejo un tráiler un poco rudimentario en el que se explica por dónde van a ir los tiros:


Máis nada polo de agora. Graciñas a todos pola vosa participación durante estes meses de debate quente e tan interesante. Bo verán para todos e saúde.

Un poco de autobiografía y una confesión


Uno de los debates en los que me he visto envuelto con mayor frecuencia en mi vida es el que, actualizando periódicamente la famosa Querella entre Antiguos y Modernos del siglo XVII, sigue contribuyendo a clasificar el mundo en “tradicionalistas y vanguardistas” o “conservadores y progresistas”, un poco artificiosamente, la verdad. Pero quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Cuando estudiaba Historia del Arte esta división llegaba a despertar entre algunos alumnos –yo incluido- auténticas peloteras, sobre todo al llegar al tercer curso, cuando uno tenía que optar por alguna especialización. A partir de ese momento, los enemigos (los que elegían Antiguo, Medieval o Moderno) pasaban a ser vistos definitivamente por nosotros (los de Contemporáneo) como unos parias que no se enteraban ni de la media, pobres de espíritu, aburridos, mojigatos y hasta proclives al antiabortismo, de tantas vírgenes y santos con los que pasaban horas y horas en la biblioteca. Por el contrario, nosotros éramos quienes estábamos destinados a ocuparnos de lo verdaderamente importante: el arte de nuestra propia época, el cual veíamos como una expresión íntimamente conectada con el resto de posturas correctas en la vida. Ante alguien de Contemporáneo tenías, como mínimo, dos certezas. Una: era, igual que tú, de izquierdas. Y dos: en cuestiones de sexo podías hablar tranquilamente sobre las mayores burradas (cosa distinta era practicarlas, pero todos supimos guardar el secreto para seguir pareciendo los más modernos). Así pensábamos muchos, y eso que hablo de cuando estábamos sobrios.

En la facultad de Bellas Artes la cosa fue mucho más traumática. Aquel era nuestro coto, el de los fanáticos del Zeitgeist. Recuerdo a varias alumnas guapísimas que sabían hacer copias perfectas de Velázquez y lloraban desconsoladas cuando el profesor les gritaba “Pero con esto, ¿qué me quieres contar?” Uno tenía que esforzarse mucho para traicionar sus principios e irse a la cama con ellas, y siempre tratábamos de que la conversación sobre Duchamp surgiera, al menos, a la mañana siguiente, cuando ya uno se atrevía a hablarle a la cándida chica sobre sus limitaciones para entender el arte contemporáneo, mientras, haciéndonos los despistados, posábamos el zumo de naranja sobre una Venus de Milo dibujada primorosamente al carboncillo. Luego apareció una que dejó de pintar bodegones de un día para otro y fue directamente a por la matrícula de honor en Escultura, con una performance que consistía en mucho barro, una bañera, y dentro de ésta, su cuerpo desnudo. Nada había más morboso que aquella conversión; obviamente, todos nos enamoramos de ella.

Cuando no veíamos más que lo que queríamos ver, las cosas funcionan muy bien. Todo lo que había que hacer era ignorar a la patulea de perdedores anacrónicos que insistían lastimosamente en vestir camisetas ilustradas con el David de Miguel Ángel y se extasiaban, patéticos, ante los cuadritos impresionistas con los que la baronesa Thyssen llegó a profanar nuestro santuario: el Centro Galego de Arte Contemporánea (por supuesto en connivencia con un director nombrado por el conservador Partido Popular). Pero ignorarles surtió su efecto: terminaron por desaparecer de nuestras vidas. Años después a alguno todavía lo encontrabas de vez en cuando por la calle, y te enterabas de que estaba catalogando la colección de miliarios romanos de un museo de tercera categoría, o preparando la tesis doctoral sobre algún tema apasionante del tipo “la iconografía del retablo románico de la iglesia parroquial de mi pueblo”. Y entonces podíamos regodearnos a gusto en nuestra clara superioridad, satisfechos por el camino correcto que nosotros sí habíamos sabido elegir.

Pero al no tener ya a nadie a quien echarle en cara su conservadurismo, era lógico que tarde o temprano empezásemos a ver enemigos dentro de nuestra propia casa. Hubo quienes quisieron ir más allá, se hicieron los modernos entre los modernos, y comenzaron a escandalizarse por el aburguesamiento de estrellas del arte contemporáneo como Jeff Koons. Otros, simplemente, se aburrían ya tanto con lo que veían en las galerías, que comenzaron a creer que el arte contemporáneo era, mayoritariamente, una valiente mierda. Yo fui uno de ellos. “Duchamp, o Beuys, o Warhol nunca nos defreudarán” –pensábamos-, pero no hacíamos más que preguntarnos dónde estaban sus dignos epígonos. Cada uno combatió su hartazgo como pudo, fundamentalmente de dos maneras: rebuscando muy por debajo del listón de los genios hasta encontrar, entre la paja, algún grano verdaderamente valioso, o, como fue mi caso, desertando de los museos y buscando refugio en otras disciplinas: el cine o la filosofía. Quienes optamos por esta salida nos convencimos enseguida de que la salud actual de estas manifestaciones culturales era mucho mejor que la del arte de los museos.

***

Fue entonces cuando publiqué mi primer libro, que en realidad no pasaba de ser una rabieta motivada por la decepción que el arte había supuesto para mí, comparado con todo lo que el cine o la filosofía (o la música, o la literatura) eran capaces de ofrecer. Mi cabreo era mayúsculo hace diez años, cuando escribí cosas como:

”La vanguardia ha muerto, como estamos hartos de oír continuamente. Que el socialismo también ha muerto lo hemos oído aún más veces. Y es que las dos defunciones son en realidad una sola. El arte ya no escandaliza. Sucesos como los recientes exabruptos del alcalde de Nueva York en contra de una exposición de arte contemporáneo forman parte del folclore imprescindible para mantener la imagen del arte como actividad “adversaria”. Pero la calma, por lo demás, es total. Incluso la lógica de la novedad ha ido desapareciendo a lo largo de los años noventa. Parece que el mundo del arte desea tanta estabilidad como el de la economía. No es extraña la similitud, si pensamos en el papel primordial que desempeñan inversores y galeristas en el funcionamiento de la economía y del arte. Los artistas forman ya parte de la mayoría satisfecha de Galbraith en la misma medida que los dependientes de supermercado, los empleados de banca o los electricistas. Con la ventaja sobre los políticos de que no trabajan para el tercio insatisfecho de la población, ni siquiera para el grueso de los otros dos tercios, la gente en general, ésa que nunca pisa un museo. El artista tiene su único compromiso con la élite que puede pagarle o comprenderle.” (pág. 72)

O también:

”En este punto, el artista, en tanto que conciencia de la sociedad, quiere mantener, lógicamente, la actitud antisistema que en el pasado lo legitimó como vanguardia. No es ya que considere el libre mercado como defectuoso para que el arte surja y se desarrolle en libertad, sino que piensa en él, aún, como alguna clase de opresión de la que la humanidad está destinada a emanciparse. Cabe preguntarse si en medio del individualismo postmaterialista actual, estamos ante los últimos abanderados de la desigualdad. ¿O se trata solamente de victimismo disfrazado de revolución? La idea del arte como isla del impulso emancipatorio seduce a muchos. […] Pero en las relaciones que imbrican el mercado artístico no encontramos explotados ni explotadores. Especulación sí, pero, ¿a quién perjudica? Comparada con lo que sucede en otros sectores, la inserción del arte en el mercado no parece demasiado catastrófica. Además, y volviendo a la figura del artista-guía, ¿está éste en posición de ejercer una labor crítica verdaderamente independiente con respecto a las instituciones? (págs. 54-55)

Todo esto va -por si todavía no ha quedado claro- de evolución, de cómo vamos cambiando de idea sobre las cosas. Resulta gracioso que te acusen de estar anclado en no sé qué clase de “oficialidad” cuando lo que te arrojan para rebatirte uno lo conoce de sobra porque ya ha pasado por ahí hace mucho. De todas formas, como ya he dicho más veces, que lo que te mueva a la crítica sea acabar con determinadas manifestaciones artísticas que no te gustan (como intentan algunos al calificar todo el conceptual de “cáncer que debe ser extirpado”) y que tu objetivo sea contribuir a mejorar el nivel de esas disciplinas, son dos actitudes muy distintas. Lo digo porque incluso en aquel panfleto mío que ahora recuerdo como una sarta de sandeces reaccionarias, yo dije:

”Necesitamos también prácticas culturales que, en lugar de mirarse continuamente el ombligo, se confronten con el público, y dejen de enfrentarse al museo o al coleccionista. En este sentido, el arte contemporáneo debería aprender algo de la música, la arquitectura, el cine o la literatura. Una forma de confrontar el arte con el público es que una escultura de Serra se apodere de una calle. Por supuesto que también lo propician obras como “Sin título (Bienvenidos a casa, héroes)”, de González-Torres, en la que el espectador está invitado a llevarse una parte de la misma (unos caramelos acumulados en el suelo). Pero una práctica no debería ser calificada de “banal” (en el peor sentido de la palabra) frente a la supuesta transcendentalidad de la otra.” (pág. 57)

El problema no es que a los enemigos del arte contemporáneo todavía les siga pareciendo que el montón de caramelos de González-Torres es una tomadura de pelo, sino que también Serra –al fin y al cabo un escultor en el sentido tradicional del término- también es un timador para ellos, pues un tipo que “sólo” encarga grandes planchas de acero cortén no es –“y nunca lo será”, como les gusta repetir- un artista genuino.

Cuatro años después publiqué mi segundo libro, y la evolución continuó por el mismo camino ya trazado. Aunque la gente no me cree cuando lo digo, yo seguía siendo un inconsciente que no reflexionaba demasiado sobre lo que escribía, salvo por el cuidado que trataba de poner en la redacción. Con un atrevimiento que ahora me sonroja bastante, seguí a la carga, haciéndome el enfant terrible:

”Muchos artistas contemporáneos han conseguido, desde Duchamp, exasperar al espectador con sus difíciles discursos y sus obras construidas con objetos sacados del cubo de la basura. ¿Cómo algo tan simple podía significar cosas tan complicadas? Y sobre todo, ¿por qué el arte no nos ofrece demasiadas lecturas trivializadas de estos discursos, como si no mereciera la pena hablar de ello si no es profundamente? En mi opinión, es un hecho que en cierto —y quizás no muy visible— sentido el artista contemporáneo sí se ha ido alejando de tanta seriedad y erudición discursiva. El animado viaje desde el arte objetual al arte de concepto parece que vuelve a su punto de partida, y con bastante morriña. Así, con la misma celeridad con que el cine se ha visto invadido de monstruos y explosiones digitales, la música de sofisticados recursos tecnológicos, y la mayor parte de las ciudades españolas de vistosos museos de arte moderno, muchos artistas se han ido cansando de la austeridad estética que el conceptual les exigía. Por ello, hoy, los objetos de deseo no son ya simples cuadros o estatuas, ni siquiera simples mondas de plátano, sino cosas bastante más llamativas. De la creciente espectacularidad de la obra de muchos artistas actuales se deduce que estos han alcanzado el convencimiento de que el arte es, definitivamente, el dominio de la forma sobre el contenido. No les falta razón. Después de todo, es la forma lo que hace que las grandes obras de literatura no sean telegramas, o que las buenas películas no sean vídeos domésticos. El discurso sigue estando ahí, si cabe más jeroglífico todavía, aunque demasiadas veces el artista delega todo esto en el crítico para concentrarse en su tarea como «escenógrafo». Pero descifrar esos discursos produce con frecuencia una situación desconcertante. Al contrario de lo que ocurría con la simple monda de plátano que encerraba toda una metafísica de la vida, la compleja instalación de vídeos interactivos en tiempo real que nos apabulla en el Guggenheim de la esquina resulta ser tan solo la misma crítica del capitalismo que venimos oyendo desde que Breton proclamaba junto a Trotsky la reconstrucción total y radical de la sociedad a través del arte.”

Alguna que otra idea decente sí acudió en mi ayuda, una de las cuales últimamente me viene a la mente con frecuencia, cada vez que tengo que aguantar cómo otra parecida –pero no igual- es utilizada para zanjar discusiones sobre arte conceptual. Me refiero a la simplificación que consiste en decir “El conceptual es una creencia irracional, y las creencias irracionales no se discuten”. En mi opinión, puede que todo el arte, especialmente desde la vanguardia, sea en buena medida una creencia. Pero es que esto es precisamente uno de los puntos más interesantes y que más juego pueden dar, salvo que pensemos que no hay nada que merezca la pena discutir sobre el impulso irracionalista que el Romanticismo exportó a todo el mundo:

"Efectivamente, hay algo que une la promesa salvífica de la religión con la del totalitarismo, y que además es compartido por la vanguardia artística, entre otros movimientos amigos de las recetas infalibles. Sin embargo, aunque el parentesco entre tales exponentes de excelencia espiritual, política o estética es patente, no es fácil dar nombre a una categoría que los englobe a todos. ¿Qué es lo que une, siquiera superficialmente, la autosuficiencia de Dios, del Führer o de Malevitch? En adelante me referiré a esta clase de grandeza autoproclamada bajo la etiqueta de lo sublime.
[...]
”Después de siglos de tradición, creo que sublime, entendido como ‘inefable’, es un término que expresa bastante bien el común denominador de ciertos proyectos que en la historia de Occidente (muchos a través del arte) aspiraron o siguen aspirando a cumplir un destino irrenunciable y verdadero, un programa total y definitivo: una utopía. Algo común a las cualidades que en adelante adscribiré a lo sublime es que tradicionalmente han venido ocupando lo más alto de nuestra escala de valores. Son todavía, según sus defensores, las características a las que toda obra de arte, filosofía, o incluso cualquier persona debería aspirar. Estas cualidades también comparten un acusado carácter conservador, en el sentido de que, al ser considerados quienes las poseen como modelos de perfección,
se hace difícil imaginar cómo podrían experimentar algún cambio sin perder con ello una parte —por pequeña que sea— de su excelencia.”


Que esta consideración del arte como sustituto de Dios (uno de los procesos que se aceleraron durante esos años cruciales de finales del siglo XVIII) se interprete como un ataque a determinadas prácticas artísticas (supuestamente marginadas) termina por resultar irritante, sobre todo cuando uno jamás se ha posicionado a favor de una discriminación de la pintura, la escultura, o de una concepción tradicional del arte, sino más bien al contrario:

”Afortunadamente, en el mundo del arte un dogmatismo de este calibre no tiene las consecuencias catastróficas que provoca desde la política. Los efectos de ignorar a los pintores académicos en los circuitos artísticos a tener en cuenta no son los mismos que los de considerar a los negros una raza ajena al género humano (aunque en los dos casos se parta del mismo supuesto erróneo: la legitimación de unos pocos para diseñar una colectividad entera en nombre de la Verdad)."

Pero el punto fuerte de aquel libro (al cual dediqué el capítulo final), inspirado por el aburrimiento que me transmitían los kilos y kilos de casquería musealizada de los centros de arte contemporáneo, giraba en torno a esa denuncia sobre la que uno siempre tiene la seguridad de que será compartida por todo el mundo:

”Creo que la proliferación en el arte de monstruos, violencia, vísceras, demonios y perversiones varias tiene bastante de oportunismo. Más de efectismo comercial que de invitació n a la introspección o al activismo político. Quien siga creyendo lo contrario y mantenga que la fuerza trasgresora de este arte del horror sigue viva debería preguntarse a quién se intenta conmocionar (sea en el sentido que sea). ¿Al selecto público del arte contemporáneo que desde los años sesenta está más que acostumbrado a la museización de cualquier cosa, por muy terrorífica, repulsiva u obscena que se pretenda? ¿O, más bien, al público profano, que en realidad no acude a las exposiciones, y cuya conveniente ignorancia es utilizada a menudo para disfrazar de subversión lo que no es más que repetición?” (pág. 112)

”La legitimación que el museo ha venido otorgando a los Hirst, Witkin, Sherman, etcétera, ha acabado por anestesiar la capacidad de horror del espectador, vaciando de significado la imagen más atroz que podamos imaginar. La sensación de estar entre arte contemporáneo cuando lo que nos rodea son testimonios del holocausto judío, aunque también cuando estamos en otros entornos sórdidos —como los mataderos— pone de manifiesto la condescendencia actual con lo terrorífico y lo repulsivo. Lo de Hirst se queda en mero chiste comparado con la propuesta del grupo mexicano SEMEFO, que a finales de los noventa mostraba sábanas ensangrentadas que habían sido utilizadas para cubrir cuerpos de fallecidos en muerte violenta, mientras que la exposición itinerante del profesor Gunther von Hagens, en la que se exponen cadáveres humanos incorruptos gracias a un revolucionario sistema de conservación, parece la última audacia a la que los artistas, en esta ocasión faltos de reflejos, podían aspirar. ¿Subversión? ¿Experimentación? Más bien aburrimiento desalentador tras un breve sobresalto que demasiadas veces recuerda los sustitos previsibles de películas como Screem."

Decir estas cosas no era nuevo ni en aquellos años (en realidad ya estaban, como muchas otras que yo escribía entonces, un poco pasadas de moda) ni en la actualidad, por mucho que se disfracen de manifiesto de vanguardia. Y aunque se le añadan tintes de intolerancia (véase la dichosa metáfora hartista del arte conceptual como “cáncer que debe ser extirpado”) todos sabemos que Hitler ya opinaba cosas muy parecidas hace más de sesenta años (también el congresista republicano George A. Dondero, en pleno macartismo).

Todo esto fue en 2003. Poco después empecé a trabajar en un portal de Internet sobre arte contemporáneo, llamado arte-net.org, lo cual me obligó durante un par de años a estar bastante al día sobre la actualidad artística (cosa que nunca me ha vuelto a suceder). Como era director de contenidos, tenía que ocuparme de lo que muchos de mis antiguos compañeros de facultad ya habían hecho antes: rebuscar entre el maremágnum de exposiciones, bienales y ferias temas interesantes sobre los que tratar, y personajes atractivos a los que entrevistar. Descubrí que existían muchos más de los que imaginaba, y empecé a pensar que no todo eran valientes mierdas en el arte actual. Es muy fácil poner a parir a alguien –todos lo hacemos- cuyas opiniones sólo conocemos a través de las torpes preguntas que una vez le hizo un periodista que pasaba por allí. Mi experiencia entrevistando a artistas me ha enseñado que éstos suelen tener cosas interesantes que decir, independientemente de que se dediquen a fabricar cuadros al óleo o videoinstalaciones. Fue entonces cuando también descubrí a críticos que no tenían nada que ver con el pasteleo y academicismo habitual en la prensa española. Me refiero a tipos como Adrian Searle o Jonathan Jones, cuyos artículos en The Guardian un lector de este blog, Carlos Aguilera, fue uno de los primeros –si no el primero- en traducir al castellano para nosotros. El resultado de todo aquello fue una agradable reconciliación con el arte contemporáneo, en parte propiciada también porque al mismo tiempo me estaba desencantando con el mundo del cine, que por aquel entonces empezaba a conocer: un mundo de gente básicamente ignorante que nunca ha oído hablar de Duchamp, obsesionada con la fama y con un montón de ideas estúpidas en la cabeza, de las cuales demasiadas terminan convirtiéndose, desgraciadamente, en películas. El día que en la escuela de cine la profesora de Estructura Narrativa Literaria nos leyó un cuento de Cortázar y la mayor parte de los alumnos se lanzaron a opinar sobre los “fallos de guión” que contenía y sobre cómo el escritor argentino se había “equivocado con aquella endeble trama” entendí de repente que el tan traído y llevado “problema del cine español” no tenía nada que ver ni con cuotas, ni con subvenciones, ni con debilidades de la industria.

Críticos y teóricos prestigiosos como Marcelo Expósito (que era en realidad el tipo contra quien yo había escrito, muy enfadado, mi primer libro), Fernando Castro o Simón Marchán empezaron a parecerme valiosos no sólo por lo que alababan en sus textos, sino, sobre todo, por todo lo que criticaban del mundo del arte. Lo de Castro era particularmente reconfortante, un tipo sin pelos en la lengua que ponía a caldo a cualquiera, pero de cuyo amor por el arte contemporáneo no cabía dudar. En 1995, cuando los grupos que se formaban en las mesas de la cafetería de la facultad estaban dejando cada vez más claro quién estaba contigo (con los de Contemporáneo) y quién contra ti (los del resto de especialidades) yo le habría considerado un traidor. Ahora me parecía que pertenecía a una clase de crítico muy necesaria. Y entonces, cuando creía haber superado mis contradicciones, me volví a alejar del arte, por diferentes motivos personales y profesionales.

***

Cuando en noviembre de 2008 leí en El País que existían unas personas en Galicia autodenominadas “hartistas” que decían cosas como “En realidad lo que sucede es que se llama performance al teatro malo y vídeoarte a las piezas audiovisuales de baja calidad”, me sentí inmediatamente transportado al Santiago de 1995. “Pero, ¿quiénes son estos cromañones?”, pensé. “¿Todavía les dan bola en la prensa?” Comenté el asunto brevemente en el blog de unos amigos. Sólo escribí esto:

”Ya sé que es darles publicidad y no lo merecen, pero no puedo resistirme a dejar constancia aquí de la patochada de estos resentidos. En este país poner a parir el arte contemporáneo resulta casi tan fácil como poner a parir el nacionalismo: incluso la prensa seria da cobertura a todo payaso que se anime a decir cualquier parida siempre que sea en contra.”

Mi queja tenía mucho más que ver con el hecho de que un medio como El País se hiciese eco de aquella peregrina iniciativa que con la iniciativa en sí. Pero los hartistas en seguida aparecieron. Y sus respuestas (defensa legítima que, al contrario de lo practicado más tarde por ellos en sus blogs, nunca fue censurada) fueron las que empezaron a agrandar esta pequeña bola de nieve que en breve se va a diluir para siempre. Nunca se me había pasado por la cabeza abrir un blog, pero empecé con Artellando porque la bitácora de mis amigos empezaba a ser monopolizada por la disputa “arte conceptual versus pintura”, y allí también queríamos hablar de fútbol o cagarnos en UPyD. Pero no me duele en prendas agradecer a los hartistas el hecho de que, después de cuatro años sin escribir sobre arte, fue gracias a ellos que me sentí con ganas de volver a hacerlo.

Como espoleta fueron, sin embargo, muchísimo más importantes de lo que incluso ellos imaginan. Poco después de conocer al exótico grupito, y antes de convencerme de que lo que en realidad les movía no era tanto un conservadurismo programático como sus propias frustraciones artísticas, leí en uno de sus blogs la intervención de un participante que me dejó, lo reconozco, alucinado. El tipo recomendaba unos libros de temática cercana a los postulados hartistas (alguno de ellos especialmente detestado por mí, como el del ultraderechista José Javier Esparza). Ocurría que uno de los títulos mencionados era mi último libro. Lógicamente, la porcelana y los jarrones chinos de mi casa volaron hechos añicos; estaba realmente alterado. No por la sorpresa, sino porque en el fondo aquello confirmaba algo que llevaba rumiando bastantes años, algo de lo que ya había creído haber escapado. Afortunadamente, ninguno de los hartistas conocía mi libro, y no tuve que soportar el bochorno de que alguno de ellos utilizase mis propias palabras para rebatirme. Pero yo sí lo conocía, y buena parte de toda esta ingenua cruzada por intentar que no todo el arte contemporáneo sea considerado un fraude ha sido paralela a mi propio proceso evolutivo sobre estas cuestiones. Mi conclusión es que si bien muchas de las cosas que yo escribí en Seamos serios, pero no tanto (y también en Emancipación, ¿de qué?) pueden muy bien ser esgrimidas por los enemigos del arte conceptual, otras nunca dejaron de poner de manifiesto, como ya expliqué, que mi intención tenía más que ver con la autocrítica constructiva que con una ofensiva hecha desde fuera para intentar desplazar un tipo de prácticas (conceptuales) por otras (formalistas y figurativas).

De todas maneras, insisto: gracias a los hartistas. Igual que para buena parte de la izquierda política y cultural es una gran verdad que “contra Aznar vivíamos mejor”, o que para nosotros, los antimadridistas –en realidad mi única religión- está claro que “contra Florentino vivimos mejor”, también a mí me pareció durante un tiempo que “contra los hartistas escribo mucho mejor”. Pero ese tiempo se ha acabado. Cuando repaso lo que he publicado en este blog y compruebo que en realidad muy pocos de los posts van estrictamente sobre arte conceptual (y veo en cambio que muchos tratan sobre pintores que me gustan) ya no sé qué es lo que estoy defendiendo. ¿O sí lo sé? ¿El pluralismo, tal vez? ¿El arte que me interesa, independientemente de que quien lo haya hecho se llame Warhol, Hitchcock, Beuys, Whiteread, Gordillo, Schoenberg, Dylan o Boltanski? Es decir: ¿tolerancia con la diversidad de disciplinas, siempre que se usen bien?

Pasando por alto los insultos que hartistas y simpatizantes me dedicaron a lo largo de estos meses (“cabrón”, “mamón”, “rata”,” baboso” y “payaso”, por no hablar de las burradas de algunos anónimos que en ningún caso les imputaré), lo único que tengo que reprocharle a esta gente es que los he percibido como un estorbo a la hora de hablar de las cosas que –es absurdo negarlo- no funcionan bien en el mundo del arte. Al final, muy poco se ha comentado aquí sobre enchufismos (que los hay), sobre los oportunistas (que los hay), o sobre los timadores (que también los hay). Yo también soy culpable de ello, qué duda cabe; lo único que puedo decir es que en nuestras conversaciones me ha sido imposible deslindar los chanchullos en sí mismos del hecho de que sucedan alrededor de prácticas conceptuales, con las cuales en realidad tienen tanto que ver como con la pintura, la arquitectura o el cine. Para simplificar: a los malos les da exactamente igual utilizar para sus tropelías a Antonio López o a Damien Hirst. Realmente a uno le entran ganas de que a Anxo Varela o a Dimo García les vayan bien las cosas, consigan una exposición en el CGAC o en el MAMBO (qué bonito nombre tiene el Museo de Arte Moderno de Bogotá) y saber entonces si con ello se acabará para siempre con una situación realmente terrorífica en la que ”La intención soterrada es aquella que pretende construir una visión artística aun basada en el más profundo negacionismo frente al holocausto conceptual” Esto son palabras de Dimo, de ayer mismo. Reconozco que a él sí le echaré de menos.

Por mi parte la querella está finiquitada, aquí y en el resto de blogs hartistas. No insistiré más. Pase que se les dé más coba de la que merecen, pero si encima ellos eluden continuamente el debate (como han decidido desde hace tiempo), nada se puede hacer para que el tema no aburra hasta a las vacas. Si después del verano vuelvo a escribir en Artellando será sobre más artistas (performers, pintores, cineastas, arquitectos o lo que toque), pero ya no sobre los hartistas. En este blog hay material más que suficiente para que cualquiera pueda comprobar cómo encajan las críticas y cómo se defienden de ellas. Sí me comprometo a escribir algo sobre ellos dentro de dos o tres años, en un post titulado “¿Qué fue de…?”. No sé qué es lo que pensaré entonces sobre el arte contemporáneo en general o sobre el conceptual en particular. Lo que sí es muy probable es que -aunque escondidos en sus estudios- los hartistas sigan en sus trece, a tenor de la apología del inmovilismo que siempre esgrimen orgullosos, presumiendo de defender en un manifiesto de 2008 exactamente lo mismo que en unos pasquines de su época universitaria, en 1994. Está claro que hay gente que nunca cambiará, ni siquiera en 15 años; casi la cuarta parte de toda una vida para muchos seres humanos.

***

De niño había en mi casa un libro titulado Cien obras maestras de la pintura que solía hojear junto a mi madre. Cómo repasábamos una y otra vez aquel volumen constituía un homenaje al formalismo de tal calibre que le hubiese hecho saltar lágrimas de emoción a Gombrich. Se trataba de ir apreciando, con cada página que volteábamos, cómo el arte se había ido haciendo más y más realista, mejor dibujado, con las perspectivas mejor resueltas y con un uso del color cada vez más verosímil. En definitiva, “mejor”. Mi cuadro preferido era uno del pintor barroco La Tour, tan perfecto que era imposible –lo juro- distinguirlo de una fotografía. Al llegar a los impresionistas, mi madre y yo transigíamos con aquellas pinceladas excesivamente sueltas, pues teníamos que hacerlo si no queríamos renunciar –y no queríamos, nadie quería- a Van Gogh, que esperaba al otro lado de la página.

Cuando mi radicalismo universitario ya apuntaba maneras, empecé a ver a los impresionistas como los verdaderos héroes, pues entendía que ellos habían hecho posibles, un poco más tarde, imágenes fascinantes y claramente “avanzadas” como El grito de Munch. Todo meras antigüallas –me convencí poco después- comparadas con los límites a los que había llegado Kandiski con sus pinturas abstractas. La idea del artista capaz de clausurar la historia del arte empezó a ser una obsesión para mí, y entonces Pollock sustituyó a Kandinski. Aunque sólo hasta que empecé a tomarme en serio a Duchamp, al sentir que la pintura no era suficiente para clausurar el Arte.

Pero la confianza con los urinarios de todo tipo empezó -como suele decirse- a dar asco, y las interesantes cuestiones que “la transfiguración del lugar común” planteaba dejaron de tener para mí dignos continuadores: había llegado el momento de replantearse todo, si es que uno quería seguir disfrutando con el arte. En el fondo la cosa era tan sencilla como intentar sacarle provecho a cuantos más artistas mejor, y no exigirle a un bodegón o a un urinario cuentas que nunca se propusieron ofrecernos. Y sobre todo, evolucionar. Como escribió Stanley Fish:

”¿Acaso hacemos lo que hacemos para que llegue el día en que no tengamos la necesidad de hacerlo? Si alguna vez se vislumbrase la proximidad de ese día en los estudios literarios o
en cualquier otro campo, me aventuro a pronosticar que entonces, de repente, se descubriría que el problema era mucho más complicado de lo que se suponía. Se descubriría
que aún no se había dicho la última palabra”
[Fish, 1992, 133].

Yo desde luego no la voy a decir, ni para enrocarme durante quince años ni durante quince minutos.

lunes 13 de julio de 2009

Estética de masas


La situación era más o menos la siguiente: destrozados después de las aplastantes victorias del rival, aquellos pobres hombres, antaño señores de Europa, no sabían qué hacer. La derrota no era una más: prometía ser humillante, y durante un tiempo así lo fue. Pero alguien sí sabía –ya lo había ensayado con desigual fortuna- qué se tenía que hacer y decir para devolverle a su parroquia herida el orgullo de ser quienes eran. Y ese alguien apareció, en esta ocasión para quedarse.

Sin apenas tiempo para que los vencedores paladeasen su triunfo en la todavía reciente campaña, los perdedores ya se estaban levantando, alentados por la figura redentora de un hombre hecho a sí mismo y con la cartera llena de fórmulas milagrosas (básicamente un proyecto global y connivencia con el poder económico). La masa ya no estaba huérfana. A partir de entonces las demostraciones de orgullo y de adoración al líder se sucederían. También los sueños sobre conquistas futuras. Europa podía echarse a temblar de nuevo.

Y como primer acto con el que asombrar al mundo, como espectáculo inaugural de una nueva era, las masas llenaron un estadio descomunal para convocar, decían, la excelencia en el deporte. Desde el primer momento, hubo quienes se percataron de que aquellas concentraciones de miles de personas tenían mucho más que ver con un mitin político que con un evento deportivo. “Sólo es deporte”, respondían indignados los fieles.

Sí, es cierto: los cuerpos perfectos inundaron inmediatamente los muros de las ciudades y las portadas de la prensa. Seguramente su contemplación fue causa de más de un desmayo entre los periodistas enfervorizados, también entregados a la causa. Una perfección modélica, a la que sin embargo muchos no iban a poder aspirar jamás. Pero la realidad es que, con ser importante, en el plan del nuevo mesías lo principal no era el atleta. Él sabía que la razón que había concitado a las multitudes en aquel magno evento era él mismo. El guía. El artífice de todo aquello.

No sabemos qué habría ocurrido si, como parecía escrito, el ahora profeta se hubiese limitado a levantar edificios, en lugar de almas en pena, acomplejadas y hundidas en la mediocridad. Lo que sí sabemos es que el espectáculo –la concepción espectacular del mundo- iba a ser su herramienta principal. Era, de hecho, el germen de su ideario. La inspiración con la cual iba a cambiarlo todo. Estética de masas -disfrazada de valores- al servicio del negocio de un tipo audaz con aires de grandeza totalmente fuera de lugar en pleno 2009.

lunes 6 de julio de 2009

Verano

La cabecera de ARTELLANDO, antes

Nos libramos del agobio de Bacon y recibimos a David Hockney, artista que un inteligente lector de este blog definió como "ese otro homosexual que practica un hedonismo menos autodestructivo", y que es justo lo que necesitamos con estos calores. Aunque creo que lo de Hitchcock no siempre es cierto (ni para él mismo, como ya dijimos aquí), la cita me parecía igualmente veraniega. Perdonadme los que estéis en invierno.

jueves 2 de julio de 2009

Más música

Mirada roja, Arnold Schoenberg, 1910

Para rematar, de momento, esta etapa tan musical del blog, quiero recordar la polémica que hace cuatro años desató un artículo de Félix de Azúa publicado en EL PAÍS. Pego aquí el texto de Azúa, un par de contestaciones (de Carlos Bermejo Martín y José María Sánchez-Verdú) y la réplica del escritor catalán. Aunque circuló bastante por Internet es posible que alguien no la conozca.

TRIBUNA: FÉLIX DE AZÚA
Sólo quiero lo mejor para ti

EL PAÍS - Opinión - 10-11-2005


Uno de los más respetados musicólogos vivos, Richard Taruskin, autor de una historia de la música occidental en seis volúmenes que incluye un elegante capítulo sobre rock (Oxford), tuvo una iluminación en ocasión de uno de sus viajes a Moscú. La orquesta del Conservatorio interpretaba la Séptima sinfonía de Shostakovich cuando Taruskin acertó a ver en la expresión de los oyentes una apasionada emoción que rara vez había observado en los conciertos de música moderna. Como Pablo de Tarso en su camino hacia Damasco, cuenta el crítico que vio con cegadora claridad que se había equivocado totalmente. No sólo él, lo que habría carecido de importancia, sino el conjunto de la musicología occidental. Se percató de que la teoría, la historia y la crítica sobre la música del siglo XX había cometido un error monumental. La música que sobreviviría, la que seguiría oyéndose cien años más tarde, sería la de Shostakovich, no la de Schoenberg.


Una afirmación como la anterior todavía suena escandalosa o estúpida para buena parte de los críticos, teóricos e historiadores de la música. Y en España, más. Para aquellos que sean totalmente sordos a la música clásica les diré que equivale a afirmar que Hitchcock soportará mejor que Eisenstein el paso del tiempo, o que Spielberg es más importante que Tarkovsky. Lo cierto es que Shostakovich está cada vez más presente en la vida musical, en tanto que Schoenberg se mantiene donde siempre estuvo, con la exigua minoría de expertos. Y se le están muriendo los subscriptores.


La paradoja sobre el valor de las obras de arte es que éste parece no depender del público, pero, ¿es en verdad posible que una obra de arte sea extraordinariamente valiosa, aunque nadie o muy poca gente quiera oírla, verla o leerla? Quienes afirman, por ejemplo, que la música de Schoenberg es fundamental y en cambio otra más popular como la de Stravinsky, es trivial o incluso "mala" (así lo afirma Theodor W. Adorno, modelo de los defensores de Schoenberg), ¿no están diciendo, en realidad, otra cosa?


Según esta posición, la importancia de Schoenberg, de Webern, del serialismo, del dodecafonismo, de las secuelas de Darmstadt, del IRCAM o de otros centros de producción experimental, es independiente de que haya alguien que quiera oír sus productos. El Arte vive para sí mismo. Quienes deciden sobre su valor (dicen) son los expertos, los profesionales. El público no puede decidir el valor de la obra de arte, porque entonces sería más valioso un musical de Broadway que una ópera de Schoenberg.


Esta inacabable disputa es inútil. Juzgue lo que quiera el experto, en el caso de la música (como en el del teatro) quien decide es el público porque la música es un espectáculo. De modo que Gershwin, Britten, Prokofiev o Janacek seguirán sonando en las salas de concierto, pero Schoenberg (utilizo su nombre como metáfora) cada vez menos. Quizás esto sea lamentable, pero también es inevitable. La dificultad que plantea Schoenberg es de un orden totalmente distinto a la que plantean compositores exigentes y sin embargo accesibles como Bartók.


Es justamente esa dificultad lo que permite que el valor de la música de Schoenberg no lo decida el público de los conciertos, sino el teórico y el historiador que creen que la historia de la música tiene un sentido trascendental. Si la historia de la música tiene ese sentido, entonces Schoenberg es la consecuencia de una cadena causal que desde Wagner viene anunciando la llegada del Mesías (Schoenberg). El valor de esa música tan escasamente popular es un valor histórico, filosófico y (sobre todo) religioso, más que musical. Por "religioso" me refiero a la creencia o la fe en que los procesos artísticos, sociales, económicos, en fin, los relatos históricos, tienen un sentido y sólo uno, a diferencia de las novelas. Por ejemplo, que la historia del Arte muestra el proceso de autoconciencia de las artes, que la historia de Francia es la de la Libertad de su Pueblo, que la sociedad capitalista ha entrado en su fase terminal, y cosas semejantes. Quien así piensa, está obligado a tener a Schoenberg por un músico más importante que Stravinsky.


Cuando la importancia de un hecho, suceso, objeto o caso no la determinan aquellos que lo financian y sufren las consecuencias, sino los expertos, los historiadores y los teóricos metafísicos, entonces estamos en un medio ajeno a la democracia y típico de la tradición autoritaria europea. Que la gente disfrute con Tchaikovsky y se aburra con Schoenberg puede ser lamentable, pero que para salvarles de su error se les condene a oír al vienés a todas horas, es despótico. En general, eso no sucede porque los conciertos se pagan, pero allí donde el contribuyente carece de poder de compra, sucede con harta frecuencia.


Compárese con lo que está sucediendo en la surrealista gestación del Estatuto catalán. Los expertos, los historiadores, los teóricos y los profesionales catalanes han decidido que "históricamente" (sea esto lo que sea) Cataluña tiene más derecho que Murcia a cualquier cosa, que la nación catalana posee una existencia de orden metafísico previa a sus habitantes, y que en la jerarquía de las naciones Cataluña sólo es comparable a Francia y superior a España. Cataluña es un pedazo de Schoenberg fundado en razones trascendentales. De momento, el público español ha desertado las salas de conciertos donde suena el Estatuto y son los expertos quienes se ven obligados a hacer publicidad para que la gente se entusiasme, o a condimentar encuestas carísimas que confirmen lo acertados que estaban y el éxito loco de estos conciertos a teatro vacío. Su alternativa es tocar sólo para adictos a Schoenberg.


La iluminación de Taruskin, hombre formado en la filosofía europea del siglo XX, filosofía impregnada de historicismo hegeliano y mesianismo marxista, es tan sencilla como esto: el descubrimiento de la democracia. La palabra "democracia", como lo prueba la dudosa moralidad de quienes la usan sin descanso para justificar sus deshonestidades, está cargada de instancias éticas. Parece como si lo democrático fuera lo moralmente bueno, cuando en realidad lo democrático es simplemente el conjunto de mecanismos que se despliegan de un modo casi inevitable para el control y la dominación de sociedades masivas con enormes potenciales energéticos y económicos. La democracia es tan sólo una técnica social eficaz para mantener el orden en un medio cuyo estallido sería funesto. Este mecanismo puede utilizarse bien o mal, pero no es un estado de gracia. Los políticos novatos utilizan la palabra como los católicos usan la palabra "devoción", y se acusan unos a otros de no ser democráticos... ¡como si fuera posible no serlo! Sin embargo, "demócrata" equivale a: "concernido por el mercado". El político demócrata es aquel que se ofrece en un mercado donde hay competidores. Nada más.


Para Taruskin siempre fue cosa evidente que las novedades de la música dodecafónica eran técnicamente interesantes. También, que Schoenberg creía que su nuevo método llenaría salas de conciertos en lugar de vaciarlas. Pero a diferencia de la música de su discípulo Alban Berg, el público no ha aceptado la del maestro. De un modo creciente, la programación de obras de Schoenberg (no todas: insisto en que utilizo al pobre vienés como metáfora) se ha ido haciendo por respeto a la historia, por su interés técnico, por la fascinación que ejerce sobre los expertos, pero no porque el público lo reclame a gritos y agote las localidades. De ahí también que en la historia de la música de Taruskin aparezca un capítulo sobre el rock, como en la historia de la literatura francesa de Kléber Haedens apareció Simenon un buen día, para escándalo y horror de los académicos.


Lo democrático no es, por sí mismo, "bueno" sino "eficaz". Los deportes de masas, el turismo industrial, las grandes superficies como lugares de entretenimiento y consumo, o el arte actual, son fenómenos democráticos, espectáculos masivos, movimientos de millones de personas con colosales poderes económicos y escasa libertad. Se parece bastante al nazismo, con una diferencia esencial: los políticos democráticos procuran programar aquellos conciertos que les gustan a las masas, en lugar de adoctrinarlas con conciertos que las agobian y agreden. Pero en algunos lugares, los profesionales de la vieja política, los viejos historiadores, los teóricos y expertos de la escuela trascendental o nacionalista, siguen actuando como sacerdotes cuya obligación es conducir al Pueblo hasta el Valle de Josafat y enseñarle a comportarse debidamente. A los pobrecitos habitantes de esos lugares los machacan con una política eclesiástica, de formación al espíritu nacional, en línea con la militancia sacerdotal que destruyó a Europa en los últimos dos siglos. Felizmente, al cabo de unos años los ciudadanos acudirán al mercado para comprar el político que más les apetezca. Ya veremos si es Schoenberg.


Félix de Azúa es escritor.



Sólo quiero lo mejor para ti'
Carlos Bermejo Martín (compositor) - Madrid
EL PAÍS - Opinión - 17-11-2005

El hecho de denominar Mesías a una persona que como Schönberg fue perseguido por los nazis por, entre otras cosas, ser de origen judío, me parece de un gusto, cuanto menos, torpe.
Ya sólo por esta razón sería fácil refutar el extraño artículo de Félix de Azúa del pasado 10 de noviembre. Pero como además es ya tradición en muchos intelectuales españoles hacer de sus manías personales axiomas irrefutables, creo necesario aclarar lo siguiente:

De Azúa dice: "A Schönberg se le están muriendo los suscriptores". Si se refiere a aquellos que con tanto entusiasmo apoyaron personalmente su compromiso, le diré que en realidad ya murieron, pero, lo que son las cosas, casi 100 años después del comienzo del periodo atonal de Schönberg, aún seguimos hablando de él. Por desgracia, no veré cómo dentro de 100 años nuestros descendientes debatirán sobre la obra de Félix de Azúa (sin duda con la misma intensidad...), pero, mientras tanto, querría decir que don Félix ha tenido mucha suerte al asistir a los conciertos del IRCAM o Darmstadt (me imagino que si los nombra es porque ha estado alguna vez) y no tener nunca problemas de entrada. Yo, sin embargo, tanto en los mencionados como en los festivales de Witten, Stuttgart, Donaueschingen, Múnich, Salzburgo... y en Madrid (aunque parezca mentira), he tenido que soportar salas repletas y en más de una ocasión me he quedado sin entradas.

Aunque a De Azúa y a otros les pese, existe un público para Schönberg y para más compositores que no nacieron necesariamente hace más de 100 años. Éste es un público, al contrario que De Azúa, que no tiene problemas en disfrutar tanto con Schönberg como con Stravinsky, porque sabe que los dos son parte de la rica historia de la música, y además considera que la exclusión es ante todo ignorancia. Minoritario, pues sí, pero no inexistente. Por otra parte, la minoría de algo siempre se establece al comparar al menos dos cantidades, por lo que, afortunadamente, siempre tenemos la posibilidad de sentirnos minoría en alguna cosa (lo contrario sería un auténtico fascismo), por lo que todo y todos padeceremos en algún momento ese moderno auto de fe al que nos somete continuamente la "mayoría".

A estas alturas, por tanto, ni los oídos reaccionarios de Taruskin o Adorno ni nadie nos va a decir qué es lo que debemos escuchar (el mismo De Azúa cae en su propia trampa). Lo que sí debo decir es que el capcioso y arbitrario artículo al que me refiero me ha despertado las ganas de leer al completo el dichoso Estatuto, y, si puedo, lo haré en catalán.



Cultura de supermercado

José M. Sánchez-Verdú (Compositor, profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf. Berlín, República Federal de Alemania)

EL PAÍS - Opinión - 29-11-2005


El artículo del señor Azúa en EL PAÍS del 10 de noviembre es un ejemplo de la libertad de opinión que una democracia conlleva. Aunque ataque a nombres de la cultura como Schönberg, que son lo equivalente a Mies van der Rohe en la arquitectura, Joyce en la literatura o Kandinsky en la pintura. Es una muestra más de la ignorancia, sobre todo musical, que nos rodea. España cuenta con una cultura musical tan mínima como inexistente pese al reciente crecimiento del número de auditorios, orquestas, óperas etcétera, muchas veces con más pompa y cáscara que con verdaderos contenidos. La formación musical desde la infancia no existe, los conocimientos musicales posteriores son desastrosos, e incluso los estudios superiores de música aún no se rigen por un sistema universitario propio, como en todos los países avanzados culturalmente. La frase "yo de música no entiendo" es el estigma que lleva casi todo español. No está de más señalar que salvo unos pocos ejemplos (Gerardo Diego, Valente, etcétera), en España los intelectuales han estado de espaldas a la música en los últimos decenios, hasta un punto vergonzante si lo comparamos con escritores, poetas o filósofos de otros países (Adorno, Mann, Eco, Kundera, etcétera). Es normal que al señor Azúa no le guste Schönberg; con él estará una inmensa mayoría de españoles que no han oído ni su nombre ni su música.


Reivindicar el arte de consumo de mayorías como indicador de lo que es bueno es tan banal que no merece ni respuesta. Todo arte exigente y excelente no es en principio para mayorías, siempre ha sido así. De aceptar las ideas de supermercado de Azúa habría que excluir a Mallarmé, a Joyce, a Mondrian, etcétera, porque sus propuestas son "difíciles" y no aceptadas o "comprendidas" en un inicio por las grandes masas: ofrecen algo que a la vez exige, y eso no cabe en las ofertas del supermercado.


Afortunadamente, siempre existirá un arte de creación comprometido, difícil -el arte es una forma de transmisión de conocimiento, no sólo de diversión y espectáculo, como parece creer Azúa-. No podríamos aprehender una cultura sin el rigor y compromiso de los creadores que han arriesgado y abierto nuevos caminos. "Ningún arte, literatura o música estúpidos perduran. La creación estética es inteligencia en sumo grado" (G. Steiner, Presencias reales). Beethoven fue acusado de hacer ruido, de ser incomprensible; Bach, de ir contra las leyes de la música. ¿Dónde estarían los Azúas de entonces? Sin duda, también contra ellos.



Triste atraso de los avanzados

Félix de Azúa
EL PAÍS - Opinión - 09-12-2005


Ya sabía yo que ni siquiera tomando precauciones (¡mira que avisé de que "Schoenberg" sólo era una metáfora!) evitaría la indignación de un puñado de honestos trabajadores de la música. Hay asuntos que, en cuanto se tocan (la madre, la patria, la Virgen del Pilar, Schoenberg), hacen brotar a los defensores del honor perdido como setas en otoño.


A mi anterior artículo, en donde planteaba el inútil problema de quién decide sobre el valor de una obra de arte y la terca resistencia del público a aceptar la música de Schoenberg (algo que no sucede con otros artistas igualmente exigentes), le florecieron las contestaciones. Muchas, asombrosamente, por parte de españoles que ejercen de maestros de música en Alemania. Parecía un coro de Moisés y Aarón. Sin embargo, algunos profesores desafinaban. Uno de ellos me acusaba de antisemitismo, lo que da idea de la solidez de su pensamiento. Me chocó que escribiera "Schönberg". Al parecer ignora que el compositor se quitó la diéresis para distanciarse de la grafía alemana.


Más interesante era la carta de J. M. Sánchez-Verdú, cuya tarjeta de presentación (profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf. Berlín. República Federal de Alemania) podía parecer la de una marquesa de Serafín a quien no conozca estas escuelas de la Alemania profunda. Sus argumentos, en cambio, eran interesantes porque componían el arquetipo del moderno prehistórico que todavía se agita en algunos ambientes detenidos en 1970. Me van a permitir un análisis, argumento por argumento, dado su valor pedagógico.


Comienza diciendo que mi artículo es "un ejemplo de la libertad de opinión que una democracia conlleva", como si no le gustara nada, pero no hubiera más remedio que tolerarlo. Algo así como si admitiera que las mujeres pueden llevar pantalones, aunque sea de mal gusto. Luego dice que Schoenberg es el equivalente de Mies en arquitectura, Joyce en literatura y Kandinsky en pintura. Un poco precipitado. Algo ha cambiado en el panteón de las vanguardias históricas desde 1950. Mies el silencioso y Schoenberg el expresivo no son equivalentes, sino opuestos. Y Joyce, reconstructor de Homero, no tiene la menor relación con el armonista vienés que deconstruye a Bach. Añade el profesor: "(El artículo) Es una muestra más de la ignorancia, sobre todo musical, que nos rodea". Debería haber añadido: "Ignorancia de la que yo me he librado, y aquí estoy, oh, Señor, dando testimonio y repitiendo tópicos del Adorno de la posguerra".


Sigue luego una larga jeremiada sobre la ausencia de estudios musicales en España con la que estamos todos de acuerdo, ni musicales ni de ningún tipo, pero luego dice que "es normal que al señor Azúa no le guste Schoenberg", y ahí patina. No voy a defender mi amor por el vienés porque es algo trivial, lo que está en discusión no es un asunto de "gusto" (como quisieran los idealistas), sino de aceptación popular (como quieren los pragmáticos). El profesor continúa aferrado al elitismo modernista, persuadido de que el gusto musical por Schoenberg es superior, digamos, al gusto musical por Sibelius. Con ese planteamiento agonizó hace medio siglo la estética soberanista, incapaz de aceptar que los productos artísticos no son la manifestación de una Verdad Oculta y Superior, sino una propuesta para entrar en un juego social ritualizado. Los adornianos tienen problemas con el público, con el jazz, con Stravinsky, con la música de cine, con los juegos populares, que no tienen los benjaminianos.


En lo tocante al público, otro español en Alemania protestó indignado asegurando que cuando él acude a un concierto de Schoenberg tiene grandes dificultades para encontrar entradas ("incluso en Madrid", decía, como si fuera Puerto Urraco) y el teatro está siempre lleno hasta los topes. Seguramente se confunde de Schoenberg. Yo hablaba de Arnold, no de Jimmy Schoenberg. De todos modos, por profesionalidad periodística, hice una encuesta entre los programadores de Barcelona y fueron unánimes. Cuando programan un Schoenberg, siempre lo equilibran con Britten, Prokófiev, Falla o Mozart.


Tampoco es decisivo: el CD relativiza la cuestión. Dado que tengo medio centenar de grabaciones de Schoenberg, eso significa que otros doscientos mil, tirando corto, también las tienen. Lo cual traslada el interrogante a otro lugar más noble. Ya que nos obligan a hablar del Schoenberg real y no del metafórico, digamos que emprendió una revolución armónica a comienzos del siglo XX que ya había fracasado cuando se estableció en California a finales de los años treinta. El dodecafonismo es hoy una curiosidad histórica similar al trobar clus. Dudo de que los músicos jóvenes se empeñen en componer con esos mimbres, a menos que hayan decidido vivir eternamente de subvenciones públicas. No obstante, ése es el aspecto más atractivo de Schoenberg: su fracaso (que no comparte con Webern y Berg). No se equivocaba Thomas Mann cuando lo eligió como símbolo de la hecatombe germana. Su importancia negativa es indudable, ya lo dije en el artículo anterior, pero eso no lo hace más popular. Representa un final, no un comienzo.


El profesor se desuela luego: "Reivindicar el arte de consumo de mayorías como indicador de lo que es bueno es tan banal que no merece ni respuesta". Lástima. Sería interesante conocer la respuesta. Sobre todo porque luego viene ese topicazo de que "el arte exigente no es para mayorías" y que "no cabe en las ofertas del supermercado". Mi abuela estaba más al día. La parte viva de la estética actual lleva años demoliendo el romanticismo con naftalina que se prolongó hasta la escuela de Nueva York y Clement Greenberg. No puedo encargarme ahora de su tutela, bastante tengo con mis alumnos, pero por lo menos el profesor Sánchez-Verdú podría leer el clásico de Noël Carroll Mass Art (Oxford, 1998). A lo mejor le ayuda a vivir con menos pretensiones y a respetar un poco más los supermercados.


Este asunto de Schoenberg puede parecer esotérico a muchos lectores de EL PAÍS, lo que ya da idea del éxito del compositor y lo llenos que están los teatros donde se le interpreta, pero es asunto general y severo de una vieja escuela autoritaria. Por eso lo puse yo como ejemplo equivalente del concierto del Estatuto catalán, otro modelo compositivo admirable, de finísima inteligencia, elogiado por expertos y entendidos, novedoso y audaz, pero condenado a no ser aceptado por un público que no está para finuras de laboratorio, porquebastante tiene ya en su casa. Si tiene casa. No es el mejor momento para ensayar un nuevo despotismo ilustrado a la manera de la vanguardia del proletariado.


Podríamos presentarlo de este modo: hasta los años sesenta del siglo XX, era una verdad establecida que los juicios artísticos y culturales precisaban una preparación técnica y científica, sin la cual no podía ejercerse un juicio adecuado. Todavía hay compositores que justifican sus partituras diciendo que han usado modelos fractales o la serie de Fibonacci, como si no fuera suficiente oírlas. El proceso de transformación de la vieja cultura burguesa en industria cultural, del Arte en espectáculo de masas y de las obras de arte en objetos del turismo global sitúan las cosas en otro contexto. En el que, por cierto, no está de más darse una vuelta por la filosofía. La mejor amiga de las artes en estos momentos expansivos.


Uno puede negar rotundamente el derecho de las masas a introducir los productos de las artes en su vida junto a la gastronomía y el fútbol, como exige nuestro profesor de música, pero esa manifestación de impotencia está condenada a figurar junto a todas las posiciones reaccionarias de la historia. La exclamación "¡ya no pintan vacas, sólo manchan las telas!" es una queja exactamente equivalente a "¡cuánta ignorancia, han pasado cien años y no aceptan a Schoenberg!". Ambas quejas están diciendo: "¡No entiendo nada de lo que está pasando!".


Desde los hermanos Schlegel sabemos que la democracia no le sienta bien al Arte (siempre que va con mayúscula, es el hegeliano). Como profetizó Benjamin hace casi ochenta años, la democracia ha matado al Arte. Por fortuna, eso ha liberado una legión de artes (gráficas, plásticas, sonoras, visuales, virtuales, corporales...) que se adaptan perfectamente a la democracia de masas. Con un éxito notable. Y ya iba siendo hora. No se veía nada igual desde las caóticas fiestas de los Dada.


Asunto totalmente distinto es que aceptemos, o no, la democracia de masas.

lunes 29 de junio de 2009

Los chanchullos del mundo de la música

Existió un héroe que lo fue de la tradición en un país que, en realidad, no la tenía como sí otros muchos, los cuales hundían sus raíces –todavía presumen de ello- en dos mil años de disputas políticas, guerras crueles y, de vez en cuando, arte maravilloso; cultura en definitiva. Sus seguidores estaban - tal vez por este complejo de inferioridad- fanatizados hasta el límite que sólo pueden alcanzar las mentes prisioneras de una verdad construida por ellas mismas. Se trataba de una música –el tipo en cuestión se dedicaba a cantar- pura, auténtica, excepcional. Y como tal -pensaban los fieles- había que conservarla: incorrupta. La secta no comprendía que el folklore deviene en folklorismo en cuanto adquiere autoconsciencia. Tampoco entendían algo mucho más importante: que la tradición, igual que la vanguardia, sólo es un invento de los humanos, y como todos los inventos, es maleable.

Pero el héroe, que sí sabía todas estas cosas, les traicionó. Y en cuanto lo hizo, los argumentos esgrimidos para desacreditarlo desvelaron la verdadera naturaleza del conservadurismo estético, que no soporta los cambios o a lo sumo sólo tolera los que contribuyen -en palabras del Príncipe de Salina- a que “todo continúe igual”. Como cuando la figura del genio articulaba todo el discurso sobre el arte, al ídolo caído no le perdonaron que se hiciera acompañar por una banda que sólo aportaba confusión a la transmisión de su mensaje, sencillo y trascendente a la vez. Se le acusó de “venderse”, como queriendo denunciar una deslealtad inaceptable con la “comunión natural” a través de la cual antaño los espectadores se hermanaban con el artista cuando éste les abría los ojos para revelarles algo que en el fondo –pensaban aquéllos- siempre había formado parte del pueblo. El reconocimiento había desaparecido; ahora había que esforzarse por comprender. El virtuosismo técnico empezó a ser, de repente, un tema crucial, pues servía para hacerle saber a nuestro músico que carecía de él. Todavía hay quienes insisten, como si ello fuese importante, en que el tipo no tiene buena voz. Aunque a diferencia de lo que ocurre con los que aún se quejan de la impericia para el dibujo de Jackson Pollock, del mercantilismo de Andy Warhol, o por los asistentes que fabrican las obras de Damien Hirst, nadie les hace demasiado caso. Muchos de aquellos desencantados eran jovencitos contestatarios. Ni sospechaban el tipo de conservadurismo que alimentaban con sus comentarios carcas:



¿Qué tenía que ver todo esto con los chanchullos del mundo de la música? Nada. Sólo era la disputa de siempre entre el Arte y Judas.

jueves 25 de junio de 2009

Otras maneras de ser crítico con el arte contemporáneo





miércoles 24 de junio de 2009

¡Estoy harto!

Si en cierto sentido no fuese tan lamentable, sería bastante divertido hacer una lista de todos los eslóganes y clichés con que los llamados “conocedores del arte” han descrito y explicado sus mezquinos productos en los últimos años…

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Pero la regla para el juicio de lo bello residirá siempre en la funcionalidad evidente respecto a la finalidad que debe ser perceptible: encontrarla es misión del artista.

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Si alguien tiene o no tiene una voluntad poderosa o una experiencia interior, tendrá que demostrarlo con su trabajo y no con sus habladurías. Y en cualquier caso, estamos mucho más interesados en la calidad que en la llamada voluntad…

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Pues el artista no crea para el artista, sino que, como todos los demás, crea para el pueblo. Y haremos que el pueblo sea, desde ahora y una vez más, llamado para ser juez de su propio arte…

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Más allá de esto, no me siento ni mínimamente interesado en si esos santones del arte mundial se van a reunir para cacarear acerca de los huevos que han puesto, para intercambiarse entre ellos expertas opiniones.

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La fuerza del consenso de millones de personas ha desprovisto totalmente de significado las opiniones de individuos aislados.

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Las “obras de arte” que no pueden ser comprendidas por sí mismas, sino que para justificar su existencia necesitan de altisonantes instrucciones para su uso y llegan por último a los espíritus apocados que aceptan paciente y dócilmente tan cretina o impertinente estupidez, esas obras de arte, desde ahora cesarán de existir en el pueblo alemán.

lunes 22 de junio de 2009

La crítica de arte apropiacionista

¿Qué podemos esperar de la crítica más formalista, ésa que le exige a los artistas excelencia técnica y duro trabajo? Que cuide, también ella, las formas. Cuando leí el último artículo de la heroína hartista Avelina Lésper en Laberinto, pensé: pues parece que no, que quienes escriben sobre arte están exentos. Me indigné ante tal retahíla de frases mal construidas, fallos de concordancia y demás errores, todo en un texto de apenas dos folios. Pero después de reflexionar durante unos minutos, caí en la cuenta; no lo había entendido bien. En el texto la buena de Avelina nos ofrece una crítica del apropiacionismo (ya saben, esos sinvergüenzas que van por ahí usando en sus obras materiales ajenos, como Gabriele di Matteo en la última Bienal de Venecia , pero también Joan Fontcuberta en buena parte de su producción, Woody Allen en What´s up Tiger Lily o cualquier documentalista que trabaje con imágenes de archivo).Y entonces lo vi claro: Avelina en el fondo quería homenajear a quienes gustan de esa estrategia propia de mangantes. Me explico.

Uno compara lo publicado por Laberinto con el post que la “autora” colgó en su blog y comprueba que las diferencias entre uno y otro texto no son pocas. No hablo del contenido, sino de la sacrosanta forma. Ella había escrito frases como “Esa es la razón porque se encuentra en la Bienal”, pero algún maniático de la correcta redacción decidió que en un suplemento cultural serio quedaría mejor “Ésa es la razón por la que se encuentra en la Bienal”. Avelina había preferido “los encarga a copistas que además les hace videos mientras trabajan”; el perfeccionista enfermizo lo sustituyó por “los encarga a copistas a quienes además les hace videos mientras trabajan”. Pasaré por alto los muchos “puntos y comas” que el “negro” de turno -sin duda demostrando un amor excesivo por el idioma- colocó en lugar de las comas rutinarias que Avelina había elegido. Sin embargo, este corrector bienintencionado no supo qué hacer con otros fragmentos, tal vez porque para corregir algo hay que entenderlo previamente. Y esto no es fácil en frases como: “lo que se supone es el robo de la obra de otro autor es un estilo, lenguaje y hasta objetivo”. Ya en otro orden de cosas (yo también quiero homenajear aquí a la propia Avelina), supongo que se quiso respetar el estilo original al dejar perlas como “Los copistas a los que encarga estos cuadros tienen diferente calidad en su factura.” Más inexplicable es que se decidiese mantener “mandar a hacer” (en lugar de “mandar hacer”) o “La tradición de hacer copias se remite al aprendizaje” (en lugar de “La tradición de hacer copias remite al aprendizaje”), aunque al menos alguien sí corrigió “está amparada del concepto” por “está amparada por el concepto”. Se trata de detalles de redacción que dan sentido a lo que comúnmente conocemos como escribir mal. Hay más, pero lo vamos a dejar; que cada uno coteje si le sobra tiempo. Lo importante.

Como bien dice Lésper en el texto de marras, el artista Di Matteo no fabrica su obra: es a otros a quienes debemos la factura final de los objetos que la Bienal de Venecia expuso -con tanta desfachatez- en su nombre. Pero a diferencia de lo que ocurre con la crítica apropiacionista, Di Matteo hace pública su estrategia. Y ¿cuántos saben que Avelina Lésper no es la responsable de la redacción final de la columna que firma en Laberinto? ¿Cuántos llegarán a enterarse de que lo que ella hizo en este caso no fue sino juntar unas cuantas letras tal y como lo habría hecho un colegial, las cuales posteriormente otros tuvieron que adecentar para que el artículo resultase legible (y no del todo)? Yo ahora lo sé, y creo entender lo sucedido porque conozco el irresistible atractivo que el apropiacionismo posee, también para la crítica de arte. Bueno es que todos lo conozcamos.

Lo penoso sería que nada de esto hubiese sido intencionado. Lo patético sería que simplemente Avelina no supiese escribir, o que sólo lo hiciese con carencias fundamentales, o con prisas injustificables, sobre todo cuando con tanta frecuencia nos quiere llamar la atención sobre los timadores del arte que no otorgan el protagonismo que se merece a la técnica y a las cuestiones formales.

Cuando recientemente la misma crítica secretamente apropiacionista se despachó a gusto sobre la situación -según ella lamentable- de la crítica de arte en México, creo que pasó por alto algo importante: son textos como este “La apropiación es robo” los que, si no se leen adecuadamente, pueden llevar a algunos a corroborar la triste realidad que ella pretende denunciar, es decir: que si a alguien por aquellos lares le permiten publicar textos construidos sin un mínimo dominio de la herramienta principal de la crítica (la misma en cualquier género literario: la escritura), ello significa que, efectivamente, la crítica de arte mexicana está para el arrastre. Afortunadamente sabemos que todo es un juego en nombre del apropiacionismo, un juego que fundamentalmente consiste en que una cara visible explica qué quiere contar y unos cuantos anónimos se encargan de materializarlo con buena letra.

También puede ser lo de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, pero no quiero pensar mal.

martes 9 de junio de 2009

Monstruos de carne y mente

La cabecera de ARTELLANDO, antes

Despedimos a la mamá araña de Bouergeois, dejamos atrás la new flesh de Cronenberg. Damos la bienvenida a unos extraños seres que Francis Bacon nos presenta como los más inquietantes de los montruos: los seres humanos. Afortunadamente gente como Beuys tienen un poco más de fe en nuestra especie. ¿O sólo en nuestra mente? En el fondo, ¿no nos cuentan estos cuatro artistas algo parecido?

domingo 31 de mayo de 2009

Los muertos (II)

Hacia 1918, año al que pertenecen las cuatro obras que encabezan este artículo, un gallego llamado Alfonso Daniel Rodríguez Castelao pintaba esta clase de cosas:

Poco después, consciente de las limitaciones que para un artista suponía vivir aislado en el Finisterrae europeo, el rianxeiro sintió la necesidad inaplazable de ponerse al día. Gracias a una beca pública viajó en 1921 hasta París, con el objetivo de conocer de primera mano qué estaban exponiendo allí los Picasso, Boccioni, Picabia y demás epígonos de una vanguardia que empezaba ya a ser institucionalizada. Su decepción fue profunda:

”¿O mundo está tolo? ¿O mundo está de parto? ¿O mundo volveuse neno? ¡Eu qué sei! Sempre foi para mín unha verdade indiscutíbel que para pegar un brinco é moito mellor dar un paso atrás; mais agora atópome cuns artistas que pechan os ollos á tradición para pensar que así chegarán primeiro a un fermoso futuro. Eu vou tendo moita desconfianza das revoluciós… feitas por homes de gran cibdade. […] Dispois da borrachera que un atrapa coas escolas novas, medran moito máis as grandes cousas do Arte vello: Patinir, Memling, Brueghel, Holbein, Frai Anxélico… parécenme Deuses.” (1)

("¿El mundo está loco? ¿El mundo está de parto? ¿El mundo se ha vuelto un niño? ¡Yo qué sé! Siempre fue para mí una verdad indiscutible que para dar un salto es mucho mejor dar un paso atrás: pero ahora me encuentro con unos artistas que cierran los ojos a la tradición, pensando que así llegarán primero a un hermoso futuro. Yo voy teniendo mucha desconfianza de la revoluciones... hechas por hombres de gran ciudad. [...] Después de la borrachera que uno coge con las escuelas nuevas, crecen mucho más las grandes cosas del Arte antiguo: Patinir, memling, Brueghel, Holbein, Fra Angelico... me parecen Dioses")

La vanguardia tenía difícil acomodo en la mentalidad conservadora de Castelao; en sus diarios nos dejó notas sobre Picasso –é un farsante (2)- o sobre Morgan Russel – “non é dabondo pintor para copiar a realidade” (3)- que le retratan con claridad. Él prefería, con mucho, escaparse al Louvre a admirar a los maestros del Renacimiento y del Barroco (y no a todos), pero sobre todo anhelaba los momentos en los que podía refugiarse junto las gárgolas y vidrieras de Notre Dame, testimonio vivo de una época en la que el arte sí parecía haber sido concebido como algo realmente grandioso y estremecedor. Como no podía ser de otro modo en un chovinista de su talla, Castelao pensaba que Notre Dame no resistía la comparación con la catedral de Santiago de Compostela, cuyo Pórtico de la Gloria, obra del genial maestro Mateo, le parecía muy superior a cualquier grupo escultórico de la iglesia parisina. En el fondo, una de las pocas cosas razonables que dijo sobre arte.

Si hoy en día los enemigos del arte contemporáneo no suscriben textualmente frases de Castelao como ”o Arte novo rifa de tal xeito coa tradición –soio por rifar- que prefiro ficar á veira da maoría conservadora(4) es sólo porque el adjetivo “conservador”, asociado a la cultura, no tiene ya nada que hacer. Pero Castelao tenía toda la razón, y hay que reconocer que sus limitaciones como pintor no le impidieron admitir sinceramente lo que en el fondo era: un conservador de corazón que, en cuestiones políticas, simpatizaba con las izquierdas. Quienes siguen hoy su estela, aunque desterrando de su vocabulario la palabra “conservadurismo” por miedo al qué dirán, sobreviven al virus de lo moderno gracias a un tratamiento de la misma clase que el que Castelao -como médico que también era- se autoadministraba casi a diario durante su infierno parisino: mucho Louvre, mucho museo del Prado, mucha National Gallery de Londres o mucho Metropolitan de Nueva York.

También, por supuesto, mucho Notre Dame y mucho maestro Mateo. A menudo los guías turísticos repiten a los visitantes de la catedral parisina o de la compostelana que pasear entre sus muros supone, en cierto modo, revivir el espíritu de la Edad Media, el cual todavía perdura en estos santuarios materializado en piedra. Bien, pero sólo en cierto modo. Deberíamos pensar dos veces si estas bonitas palabras pueden significar algo más que el hecho de que tales edificios no fueron sino el tipo de construcción extraordinaria que resultaba cuando la Iglesia se ponía en serio a demostrar su poder durante los siglos XI al XV. Mientras que para la inmensa mayoría de la población, la materialización del espíritu medieval fue, con suerte, una pequeña iglesia en medio de la aldea, si es que tal espíritu no representaba exclusivamente miseria, enfermedad y guerra. Demasiadas veces tomamos por representativo lo que sólo fue excepcional, olvidando que lo excepcional sólo puede serlo con respecto a una generalidad, esa que, en el caso del arte, está en buena medida olvidada.

Es, de hecho, a través de una cuidada selección de hitos de la pintura, la escultura y la arquitectura que el gran público ha ido formándose una imagen idealizada de lo que fue el arte del pasado, mientras se niega a buscar una mínima excelencia en el arte contemporáneo, normalmente despreciado en bloque sin que se intuya el más mínimo esfuerzo por discriminar el grano entre la paja. Por otra parte, ¿quién podría hacerlo sin riesgo a equivocarse? ¿Quién sabe cuáles serán los artistas muertos del futuro destinados a engrosar las húmedas paredes de los museos de provincias, y quiénes los inmortales que habitarán, allá en el siglo XXV, las colecciones atesoradas por el lujo titánico de los Gehry o el inmaculado de los Siza?

***

Nunca lo sabremos, pero creo que Castelao llegó a presentir que su futuro como artista le tenía reservada una plaza en el grupo de los muertos. Su estancia parisina se prolongó con viajes a Bélgica y Alemania, y cuando volvió a Galicia, después de un año entero de periplo europeo intentando empaparse del espíritu de la vanguardia, lo tenía más claro que nunca. El tono lastimoso de su diario parece indicar un final de trayecto más bien definitivo, a partir del cual era imposible avanzar más:

"Eu non quixera sere coma isas señoras de Compostela que por non quereren andar á moda andan sempre vestidas á moda que acaba de pasar. Eu quixera chegar á miña Terra empapado dun esprito novo e dun xeito novo de pintar: dun esprito novo no senso do tempo e dun xeito novo no senso da téinica. Mais eu teño que confesar que saliréi de eiquí tal e como vin e sen deprender nada.” (5)

("No quisiera ser como esas señoras de Compostela que por no querer estar a la moda andan siempre vestidas a la moda que acaba de pasar. Quisiera llegar a mi Tierra empapado de un espíritu nuevo y de un nuevo modo de pintar: de un espíritu nuevo en el sentido del tiempo y de un modo nuevo en el sentido de la técnica. Pero tengo que confesar que saldré de aquí tal y como vine y sin aprender nada.")

Estaba condenado, y su obra también.

A partir de entonces sus intereses derivaron cada vez más hacia la consolidación del nacionalismo gallego, el agrarismo y el republicanismo, e incluso a estas empresas dedicó grandes esfuerzos como humorista gráfico, a través de dibujos que contenían un fuerte componente de denuncia social y de reivindicación identitaria (labor en la que, hemos de reconocerlo, demostró cierto talento). Lo triste es que ni toda esta producción gráfica, como tampoco su irregular obra literaria, le habrían librado de una lápida en el camposanto de los olvidados.

Pero cuando la indiferencia de los siglos venideros se cernía ya sobre él, toda una guerra civil acudió en su ayuda. La política le iba a rescatar de una muerte segura y definitiva. Fue gracias a ella, a lo mucho que desde ella hizo y a los sufrimientos que padeció por su causa, que pudo alcanzar la eternidad. En julio de 1936, Castelao, diputado en las cortes de Madrid por el Partido Galeguista, preparaba la defensa parlamentaria del proyecto para el Estatuto de Autonomía de Galicia, aprobado en referéndum hacía apenas un mes. El golpe del 18 de julio sesgó aquella iniciativa para siempre, junto a muchas otras. Más tarde acabó produciendo tres años y medio de muerte, y rencores que todavía hoy afloran a menudo, si es que no constituyen cierto telón de fondo permanente en la política española. La guerra imposibilitó el regreso de Castelao a su tierra –ya nunca volvería-, aunque, en contrapartida, le proporcionó una misión prioritaria que llevar a cabo y, a la postre, un lugar de honor en la historia.

El rianxeiro regresó a Europa, y después desembarcaría en América, en esta ocasión no a la búsqueda de referentes artísticos, sino con la misión de recabar apoyos para la amenazada república (Moscú, París, Nueva York, Cuba, México…). Todo en vano. Cuando estuvo claro que los fascistas iban a ganar la contienda, Castelao -la nación gallega hecha carne- se exilió definitivamente en Buenos Aires, donde a su llegada fue recibido por más de medio millón de personas; quizás alguna de ellas le admirase también como pintor. Empezaba a experimentar, en vida, en qué consistía la inmortalidad. Su fallecimiento en 1950 fue un mero trámite, que confirmó la fortaleza del mito en el que se había convertido para su país. Todavía sigue entre nosotros: cuando Warhol hubo terminado su trabajo y el capitalismo ya había superado con creces la capacidad de la política para estetizar el mundo, o noso guieiro alcanzó una posición sorprendente, después de todo no tan alejada de sus primeros anhelos. Él, que se había autocaricaturizado en innumerables ocasiones, acabó transfigurado en mero icono, de manera que hoy toparse con Castelao en una tapia de cualquier villa o ciudad de Galicia es tan frecuente como encontrarse con el Che Guevara.

En 1984, pocos años después de liquidada la dictadura franquista, su cuerpo fue repatriado, para ser trasladado -entre disturbios de la población, que se pegaba por él como por la imagen de un santo- a la iglesia compostelana de San Domingos de Bonaval. No era Notre Dame; tampoco la catedral de Santiago, aunque se trataba de una pequeña joya gótica que desde el siglo XIX albergaba el Panteón de Gallegos Ilustres. Castelao llegó para presidir el grupo de padres de la patria, a su vez vigilados desde sus sepulcros por los condes de Altamira, familia que sufragó las obras del templo en el siglo XV.

***

Veinte años después de cerrado el círculo, Christian Boltanski realizó una emotiva intervención en esa misma iglesia. Como siempre, el artista francés quería hablarnos de los muertos y de su memoria. Inundó la iglesia con sus relicarios, con sus imágenes de rostros anónimos, con sus prendas de vestir encontradas, esas que en algún tiempo y espacio pertenecieron a personas con nombre y apellidos, atributos carentes de sentido ya.

Sin embargo, algo impedía que la instalación acabase de funcionar como él había planeado:

”Me gustó mucho trabajar en la iglesia de Bonaval, pero creo que la presencia de las tumbas me ha incomodado porque me interesan más los hombres no ilustres, en el sentido de que cada uno de nosotros es ilustre.” (6)

El problema era que algunos vivos se habían colado. Todo el peso de la historia que Castelao y sus amigos atesoraban traicionaba en el fondo el sentido del tributo que Boltanski quería rendir al olvido en el que yacen los realmente muertos; un olvido que sólo fugazmente se mitiga al pronunciar sus nombres. (7)

A diferencia de lo que le ocurrió a Castelao y les sigue sucediendo hoy a muchos, Boltanski nunca ha tenido problemas para entender el arte de su tiempo. Aunque su trabajo se inscribe en lo que comúnmente llamamos “instalación”, a él le gusta decir de sí mismo que es un pintor, un poco para provocar a los conservadores, pero también para reivindicarse como heredero de la tradición. No es fácil hacerle entender esto a determinada gente, ésa que no ve en el arte moderno más que la broma pesada de unos timadores sin escrúpulos. Pero Boltanski sabe hacerlo:

”Por contar una anécdota sobre la exposición en Bonaval, cuando estaba a punto de rematar la instalación, una anciana se acercó y me preguntó qué pasaba. Le contesté que estábamos preparando una gran ceremonia en honor a los suizos muertos. Ella comprendió lo que quería decir y creo que entendió perfectamente la instalación. Si le hubiera dicho que el museo de arte contemporáneo que está enfrente me había llamado y que soy un “pintor de vanguardia”, sin duda me habría contestado: ¡Cómo se atreve usted a meter cajas de galletas en un lugar sagrado!” (8)

Hacerse entender es todavía -nadie lo duda- una tarea pendiente del arte contemporáneo, y el ejemplo de Boltanski nos puede ayudar mucho. Se trata de uno de los grandes artistas que, tal vez a su pesar, no morirán jamás.


(1) Castelao: Diario 1921, Vigo, Galaxia, 1977, págs. 65-66
(2) Op. Cit. Pág. 96
(3) Op. Cit. Pág. 66
(4) Op. Cit. Págs. 70-71
(5) Op. Cit. Págs. 313-314
(6) Gloria Moure: “Entrevista con Christian Boltanski”, en Christian Boltanski. Adviento y otros tiempos, Barcelona, CGAC/ Ediciones Polígrafa, 1996, págs. 113-114
(7) "A menudo elaboro listas de nombres (Suisses morts, ouvriers d´une usine du nord de l´Angleterre au XIXème siècle, artistas ayant participé à la Biennale de Venise…) porque tengo la impresión que decir o escribir el nombre de alguien le devuelve a la vida durante unos instantes; si lo nombramos es porque reconocemos la diferencia." Op. Cit. Págs. 107-108
(8) Op. Cit. Pág. 113


jueves 28 de mayo de 2009

Desmontando al chamán

Nadie mejor para desmontar los tópicos sobre Joseph Beuys que él mismo. Este fragmento de conversación chocará especialmente a quienes le imaginan como un tipo serio y más bien oscuro:

Sharp: Usted se mudó al estudio de la Drakeplatz en marzo de 1961, entonces fue ése el primer árbol de Navidad que puso allí. ¿Lo vio usted siempre como una escultura?

Beuys: Sí, noté su belleza. Pero no es tan sólo bello, también es feo. Usted puede decir que un árbol de Navidad con adornos es bonito, y uno sin adornos es feo. Ya, pero yo lo quería tener durante un largo tiempo hasta que los gusanos lo destrozaran.

Sharp: Oh…

Beuys: Dos años antes fundé un partido político para los animales.

Sharp: ¿Contaba usted con muchos animales en el partido?

Beuys: Es el partido más nutrido del mundo.

Sharp: ¿Y es usted el líder?

Beuys: Sí soy el líder.

Sharp: Usted está loco (risas)

Beuys: No en balde soy un hombre poderoso. Más poderoso que Nixon (más risas).

Sharp: Pero él cuenta con todos los insectos.

Beuys: Yo tengo a todos los insectos.

Sharp: No se trata de los animales.

Beuys: Los insectos son animales.

En este otro fragmento Beuys explica, creo que claridad meridiana, esa célebre idea suya (“Todo el mundo es un artista”), motivo de tantos chascarrillos por parte de los enemigos del arte contemporáneo:

"Provocar significa evocar algo. Haciendo una escultura con grasa o una pieza de arcilla estoy evocando algo. Estoy encendiendo conmigo un pensamiento, un pensamiento totalmente original que nunca ha existido en la historia, incluso cuando trabajo con los hechos históricos o con Leonardo o Rembrandt. Yo estoy determinando la historia, si no es la historia la que me está determinando a mí. Las circunstancias económicas no me determinan. Yo las determino. Cada ser humano es potencialmente un provocador."

Y aquí sencillamente da una lección a quienes no son capaces de disfrutar más arte que el que los estrechos límites de su razón pueden concebir:

"Sí, soy consciente de que mi arte no puede ser entendido primariamente por medio del pensamiento. Mi arte toca a las personas que están en consonancia con mi modo de pensar. Sin embargo está claro que la gente no puede entender mi arte sólo mediante un proceso intelectual, pues no hay ningún arte que pueda ser vivenciado de ese modo. Yo digo vivenciar, pues esto no es equivalente a pensar; se trata de algo más complejo que incluye ser movido subconscientemente. Ya sea con los que dicen: “Sí estoy interesado” o con los que reaccionan enojadamente, destruyen mi obra y la maldicen, yo me siento un artista de éxito porque las personas han sido afectadas por mi arte. En nuestra época, el pensamiento se ha convertido en algo tan positivista que la gente sólo aprecia aquello que puede ser controlado por la razón, lo que puede ser utilizado, lo que hace avanzar en la carrera. La necesidad de cuestiones que van más allá de aquello que ha aniquilado nuestra cultura. Como la mayoría de las personas piensan en términos materialistas, no pueden entender mi obra. Ésta es la razón por la que considero necesario presentar algo más que meros objetos. Para hacer que la gente pueda empezar a comprender que el hombre no es sólo un ser racional."

“Una entrevista con Joseph Beuys por Willoughby Sharp, 28 de agosto de 1969”, en Joseph Beuys, Ensayos y entrevistas, Editorial Síntesis, Madrid, 2006, págs. 32-39

miércoles 27 de mayo de 2009

L'art contemporani, avui, a Roma

Centenari, Antoni Tàpies, 1999

sábado 23 de mayo de 2009

El estado de la pintura

Adriana Varejão

Cada cierto tiempo comprobamos -lo hemos visto en éste y otros blogs hace bien poco- cómo quienes no paran de llorar por una supuesta marginación de la pintura, se quedan sin argumentos y enmudecen cuando alguien les recuerda el veradadero estado de esta disciplina. Enmudecen, claro, siempre que no se entregan como energúmenos al insulto furibundo contra quien les cuestiona su placentero apocalipsis pictórico, esa ficción que les permite presentarse como héroes ante los cuatro que les siguen por bares y salas de exposiciones de mala muerte.

Hoy mismo Fernando Castro Flórez escribe en su blog un interesante artículo titulado Preguntas y respuestas de la pintura en el que reseña la exposición que todavía se puede ver en el MACUF coruñés (ya el otro día nos la recomendó Vítor Mejuto). Rescato aquí mi fragmento preferido, y que me recuerda mucho a lo que también hace poco comentó Escosura:

"No hace falta comulgar con Charles Sattchi y su mercadotecnia para imponer “el retorno esplendoroso” de la pintura, basta comprobar lo que se expone en casi todas las galerías del mundo, desde Chelsea a las calles aledañas al MNCARS, ya sea en el MoMA (donde es canonizado el tono burlón de Martin Kippenberger) o en el Guggenheim que ha abierto las puertas a la movida Murakami que, a fin de cuentas, es otro maestro del arte como parte de la lógica del “concesionario”.

Como es habitual, siempre habrá quien insista en negar la realidad. Pero no nos engañemos: muchos sólo lo hacen porque la permanencia de su cutre chiringuito depende de ello.