miércoles, 8 de abril de 2009

De cómo un estanquero conceptual enseñó a un escritor formalista a apreciar el arte contemporáneo



Y el escritor lo entendió. Sólo había que cambiar el chip.

15 comentarios:

Blanca Oraa dijo...

eres excesivamente sofisticado.

Rubén dijo...

Ah, ¿sí? A ver eso, explícamelo.

tosta mista dijo...

a min paréceme xenial: arte, vida, intelecto e emoción contidos na repetición dun pequeno xesto cotiá; moitas veces a vida nos amosa como as cousas poden ser máis sinxelas do que cremos, so hai que estar receptivo.

roberta dijo...

totalmente de acuerdo, tosta mista.

Nes dijo...

Qué grandeeeeee. Esta semana santa la vuelvo a ver, gracias meu

Suso dijo...

La escena arroja luz sobre la diferente "estética de la recepción" que el arte postduchampiano exige al espectador. Por añadidura, no sabemos (yo al menos lo desconozco) si esa era la intención de Waine Wang, y de este modo el filme nos introduce el tema también crucial de las intenciones del autor, la legitimidad de las interpretaciones hechas desde fuera... Muy interesante.

Rubén dijo...

Interesante lo que dices, Suso. En realidad yo me había quedado con sólo una pequeña parte de lo mucho que sugiere la secuencia, esto es, cómo Paul (William Hurt) pasa de percibir la colección de fotografías de Auggie (Harvey Keitel) desde un punto de vista estrictamente formal ("Pero si son todas iguales...") a entender el projecto en su conjunto (obra y proceso) después de que Auggie se lo explique. Es obvio que la mirada de Paul cambia, y claro, a partir de entonces es capaz de ver más cosas en las fotos.

Sigo pensando que todo el mundo es capaz de este cambio de chip, pero hay que querer hacerlo; no empeñarse en seguir mirando la foto en una obra Hans Haacke del mismo modo que un retrato de Richard Avedon.

Suso dijo...

Totalmente de acuerdo Rubén, es como en los juegos visuales, en cuanto acomodamos la vista empezamos a discernir figuras antes ocultas. Lo mismo sucede en otros órdenes de la vida, cómo cuando aprendemos a degustar el vino (un brebaje infernal las primeras veces), o un buen puro, y no voy a seguir con otras drogas...
Un saludo

Rubén Pardiñas dijo...

Hmmm... ¿cuáles son las otras drogas que no funcionan a la primera?

J. del Fiasco dijo...

Es irónico que para justificar las visiones del arte desde fuera haga falta la legitimidad de que lo diga un director

Rubén dijo...

Pues sí Fiasco; de repente van un director y un par de actores estrella, nos explican el arte contemporáneo como quien no quiere la cosa y ya no rechista ni D(h)ios" (no estoy seguro de que te refirieses a esto, pero no podía callarme).

Suso dijo...

Jejeje, cierto eso de las drogas, Rubén. Me da la impresión de que saber ver el arte contemporáneo, efectuar ese cambio en la mirada, en el fondo no es tan difícil si sabemos cómo (parafraseando el título del famoso libro para dejar de fumar). Ni es tampoco una operación fútil, sino necesaria (yo diría imprecindible) en una sociedad como la nuestra hipersaturada de imágenes.

El argumento anticonceptualista se sustenta en buena medida en que todos los días a todas horas estamos expuestos a estímulos que son exclusivamente visuales (también sonores, etc, pero NO CONCEPTUALES), y esto nos tiene el cerebro domesticado a un modo muy simple de recepción. Nuestro mundo nos acostumbra con los millones de imágenes que tenemos que absorver en microsegundos a esta dinámica perversa, agotando además nuestra capacidad de distanciamiento y abstracción.

Pero la capacidad la poseemos, como le pasa en "Smoke" al amigo de Harvey Keitel, que como dices tú solo necesitaba cambiar el chip, pararse un poco, contar hasta tres y empezar a ver de otra forma lo que parecía una simple colección de fotos de la misma esquina durante años.

El en principio obvio argumento de estos pintorcetes de academia que todavía pululan por nuestro siglo, eso de que el público necesita reconocer y sentir, yo creo que lejos de ser obvio... es falso! ¡El público sólo ve lo que está acostumbrado a ver! En realidad lo que les pasa es que nunca se han encontrado con un Harvey Keitel que les distancie un poco del torbellino de la realidad, ese que nos impone la mirada unívoca sobre lo real.

No permitamos la mirada unívoca que nos quieren imponer los hijos de la perspectiva.

Rubén dijo...

Suso: me parece bastante sensato lo que dices sobre cómo nuestra "sociedad de la imagen" nos acostumbra la mirada a un determinado tipo de recepción (meramente superficial) al arte o a cualquier objeto.

Discrepo un poco en tus conclusiones. El problema no son los "pintorcetes" ni los "hijos de la perspectiva"; pensar así es entrar en el mismo juego -que ya aburre desde hace por lo menos quince años- de enfrentamiento entre la pintura y el conceptual.

La realidad es que no se da ya ningún enfrentamiento, por mucho que algunos se empeñen en escenificar cierta actitud antisistema, necesitando para ello crearse enemigos que en realidad no existen.

La realidad es que hoy los artistas serios se respetan entre ellos independientemente de que unos sean pintores, otros performers u otros viedeoartistas. Esto ya no es como en los 60 (cuando el conceptual desplazó violentamente al objeto) ni tampoco como en los 80 (cuando los pintores "chuleaban" a todo el que no se manchara las manos en el taller).

La realidad es que las galerías están llenas de pintura, en los centros de arte contemporáneo su presencia es razonable, vas a ARCO y ves pintura por todas las esquinas, además de que uno se puede presentar a un premio de pintura distinto cada dos días durante un año entero (digo esto porque una vez lo calculé).

La realidad es que el problema del arte contemporáneo es la calidad, no la primacía de unas disciplinas sobre otras, disputa absurda que no resuelve nada (yo reconozco haberme visto arrastrado también a ella, y lo lamento). Lo que hace falta es menos dogmatismo, más tolerancia con los géneros y disciplinas que uno no practica, más compañerismo entre artistas -pertenecientes a diferentes modalidades pero en el fondo todos artistas- y sobre todo: menos "quítate tú (conceptual) para ponerme yo (pintor)", que al final es lo que de verdad subyace en la reacción contra el arte contemporáneo por parte de gente a la que, simplemente, no les ha ido todo lo bien que habían planeado.

Ernesto dijo...

Jajaja, el españolísimo "quítate tú pa ponerme yo", ¡ésa es la clave, no hay más!

Rubén dijo...

Buscando información sobre Christian Boltanski encontré este texto de Gloria Moure, que conecta la secuencia de Smoke con la obra del artista francés:

"Es cuando el ya citado protagonista muestra a su amigo escritor su obra secreta, consistente en una colección de instantáneas fotográficas tomadas en la esquina donde posee su estanco, cada día a la misma hora y con el mismo encuadre durante años. Son escenas cotidianas de viandantes, unos habituales y otros no. Inicialmente, el amigo encuentra la idea trivial y el resultado visual monótono, mientras pasa las páginas a toda prisa, pero el fotógrafo le sugiere que debe proceder lentamente, con parsimoniosas ojeadas, sin sentirse ajeno a ellas por el hecho de que las fotografías no recojan su privacidad. Súbitamente, el amigo identifica un ser querido ya desaparecido, pero eso no es lo que importa, ni el espíritu del álbum, porque precisamente lo que la obra secreta trata de resaltar, son las características objetivas que giran en torno a la evidencia de que la instantánea cuenta hechos reales, con independencia de su especificidad, es decir, aparte del acontecimiento concreto y de los sujetos participantes. En el ámbito psicológico también experimentamos todos esta disociación entre lo subjetivo y lo objetivo cuando analizamos con detalle y sinceridad nuestras relaciones afectivas más próximas."

Gloria Moure: "Christian Boltanski. Emociones en perdición", en Christian Boltanski. Adviento y otros tiempos, Ediciones Polígrafa, Barcelona, 1996, p. 16